viernes, 15 de julio de 2016

Francisco Silvestre Espejo Camaño (Siquire, Estado #Miranda, 16 de abril de 1758 – #Valencia, Estado #Carabobo, 15 de julio de 1814), fue un abogado venezolano que se destacó durante la independencia por luchar activamente en favor de la causa republicana.
Biografía
Sus padres fueron Francisco Espejo y Bárbara Camaño y Bermúdez. Los estudios primarios los realizó en Santa Lucía (Edo. Miranda), obteniendo luego el grado de bachiller en artes en la Real y Pontificia Universidad de Caracas en 1775 y el de bachiller en Derecho civil el 30 de abril de 1781 en la misma universidad.

Francisco Espejo figura como uno de los fundadores del Colegio de Abogados de Caracas y tesorero de su primera Junta Directiva el 17 de agosto de 1788, siendo posteriormente electo decano de dicho cuerpo colegiado; correspondiéndole como tal presidir la sesión solemne de su instalación definitiva en 1792.

Entre 1797 y el 19 de abril de 1810, ejerció diversos cargos públicos: fiscal de la Real Audiencia de Caracas, comisionado para realizar la instrucción en la causa seguida contra la Conspiración de Gual y España; participó en el proceso seguido con en 1798 contra unos franceses revolucionarios en Maracaibo; como fiscal militar le toca actuar en contra de Francisco de Miranda a raíz de su invasión a Coro en 1806; en 1808 siendo fiscal de la Real Audiencia, se opuso al movimiento de los caraqueños que pretendían declarar la autonomía ante la invasión francesa de España; fue relator de la Junta Superior de la Real Hacienda, y el 19 de abril de 1810, tocándole asistir como oidor de la Real Audiencia al acto del Jueves Santo en compañía del capitán general Vicente de Emparan y Orbe, correspondiéndole firmar el acta de destitución de éste y de la constitución del nuevo gobierno republicano.

Ese mismo año, actuó como fiscal de la causa seguida contra los implicados en el movimiento contrarrevolucionario de los hermanos González de Linares, denunciado en 1810. A partir de este momento se convirtió en un furibundo defensor de la causa emancipadora, incorporándose a dicho movimiento como presidente de la Alta Corte de Justicia el 28 de marzo de 1811. El 19 de abril de 1811, con motivo del primer aniversario independentista, recorrió las calles de la ciudad y en la plazoleta de Santa Rosalía explicó al pueblo el significado histórico de la fecha.

Actúa como juez sentenciador de los implicados en la fracasada contrarrevolución llevadas a cabo por isleños; el 25 de noviembre fue comisionado por el Primer Congreso Nacional como gobernador de Barcelona donde redactó su reglamento electoral y el proyecto de Constitución de esa provincia. El 21 de marzo de 1812, a su regreso a Caracas, fue electo miembro del Poder Ejecutivo y como integrante del Segundo Triunvirato, llegó a ejercer la Presidencia de la República, cargo en el que se mantuvo hasta el 25 de julio de 1812, fecha de la capitulación de Francisco de Miranda. El 14 de agosto de 1812, por denuncia del marqués de Casa León fue detenido en La Victoria y remitido al castillo de Puerto Cabello donde permaneció hasta abril de 1813, cuando fue trasladado a Valencia y sometido a juicio por causa de infidencia que se le seguía desde el 7 de noviembre de 1812, por proponer la capitulación ante las fuerzas españolas. Sobreseído su caso el 5 de julio de 1813, fue liberado y sus bienes le fueron restituidos.

Tras el triunfo de la Campaña Admirable, Simón Bolívar lo nombra gobernador civil de Valencia, ciudad que fue sitiada desde el 28 de marzo de 1814 hasta el 9 de julio del mismo año, aunque la capitulación fue firmada entre las fuerzas patriotas y las realistas comandadas por José Tomás Boves, el jefe español ordenó el fusilamiento de Francisco Espejo en la plaza mayor de Valencia, el 15 de julio de 1814.

https://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Espejo
Foto

martes, 14 de junio de 2016

(Según consta su acta de nacimiento, el 14 de junio pero de 1928 llegó al mundo el Che Guevara. Aquí, su historia)
CHÉ
Ernesto Guevara supo desde la panza que al reloj de la vida lo mueven agujas muy cortitas. Por eso pidió permiso anticipadamente: cuarenta y dos días antes de lo previsto, su madre Celia lo dio a luz en un sanatorio de Rosario.
A las semanas de nacer, padeció una bronconeumonía muy grave que casi lo expulsa del mundo. En ese momento la muerte andaba buscando a alguien que le regalara los pulmones, y lo encontró: porque dos años más tarde, Ernesto Guevara sufrió el primero de sus muchos ataques de asma.
La enfermedad hizo que toda su familia se trasladara a la ciudad de Alta Gracia, en Córdoba. El clima seco, sin embargo, no sirvió para atenuar los constantes silbidos de su respiración: a los siete años él no figuraba en ningún establecimiento de educación primaria. Cuando finalmente fue anotado en una escuela, sólo pudo cursar formalmente segundo y tercer grado.
Condenado a estudiar desde su casa, Ernesto Guevara cambió a los maestros de los pizarrones por los maestros de libros: Julio Verne, Alejandro Dumas y hasta Sigmund Freud comenzaron a ser leídos por sus ojos. El regocijo por la literatura también lo sintió por el ajedrez.
La fotografía fue otro de los campos que le empezó a gustar. Pero las imágenes que tomaba él. En las que le sacaban los otros, Ernesto Guevara siempre aparecía igual: el pelo engrasado, los pantalones desgarrados y los zapatos de diferente color. Imposible: a alguien que usaba la misma remera durante una semana entera, la estética no podía importarle.
Sí le interesaba jugar al rugby, explorar los montes, subir a los árboles y correr hasta que sus bronquios se pusieran en rojo. El verde lo puso él a los veintiún años: en una bicicleta a motor decidió recorrer gran parte de la Argentina. Doce provincias fueron testigos de esos pies que dos años más tarde, en 1951, dejaron huellas en otros países: en esta segunda travesía lo acompañó su amigo Alberto Granado. Cuando partieron desde la estación de ferrocarril Retiro, Ernesto Guevara saludó a su familia con un grito premonitorio: “Aquí va un soldado de América”. Los familiares sonrieron: pensaron que el grito era un chiste.
En 1952, después de conocer las ruinas de Machu Picchu y de permanecer internado una semana en un hospital de Perú tras una crisis asmática por oler pescado, Ernesto Guevara regresó a Buenos Aires con el objetivo de rendir las doce materias que le faltaban para recibirse de médico. Estaba tan deseoso de volver a viajar que las metió todas en un solo año. Luego partió de nuevo.
Chocaba copas en un bar de Costa Rica festejando la Nochebuena de 1953 cuando escuchó a un par de cubanos referirse a lo sucedido en julio de ese mismo año en el cuartel Moncada. Un grupo de hombres liderados por Fidel y Raúl Castro habían tratado de asaltar aquella fortaleza para desestabilizar al dictador de ese país, Fulgencio Batista. Ernesto Guevara creyó más en los renos de Papá Noel que en todas las atrocidades que acapararon sus oídos. Molesto, desafió a los contadores de pavadas: “Ahora por qué no se cuentan una de cowboys…”.
Los disparos y las muertes dejaron de ser pura película cuando en 1954 fue derrocado Jacobo Árbenz, el presidente de Guatemala. En aquel territorio, meses atrás, Ernesto Guevara había conocido a Hilda Gadea, su primera esposa. Pero los besos tardaron un tiempito en concretarse: allí la situación se tornó tan espesa que él debió dormir en la embajada argentina para refugiarse de las balas. Después, lo mandaron a México.
En la tierra de los tacos y de los mariachis, él y su mujer tuvieron a su única hija. La satisfacción por la recién nacida fue tan enorme como el primer día que vio a Fidel, también exiliado en aquellas latitudes. Después de muchas conversaciones, Ernesto Guevara se ofreció a sumarse al movimiento y fue aceptado.
Fidel pretendía hacer la revolución en Cuba, no sin antes de que sus ochenta hombres se entrenaran en una de las tantas fincas perdidas por ahí: el curso intensivo de explosiones y de trincheras duró tres meses. El mejor de la clase no fue Ernesto ni Guevara: fue simplemente el “Che”, apodo que se le otorgó en aquellos días.
Sin embargo, el gobierno mexicano los descubrió en las semanas posteriores y los apresó. El Che realizó dos huelgas de hambre en dos meses. Cuando lo liberaron, juro abandonar el país. Eso sí: no dijo cuándo. Pasó escondido los tres meses siguientes, sin cruzar la frontera.
El 25 de noviembre de 1956, el “Movimiento 26 de julio” partió hacia Cuba en el yate Granma. Eran ochenta y dos revolucionarios en una nave que sólo estaba capacitada para unos veinte cuerpos. Si todo salía bien, el 30 de ese mismo mes irrumpirían en las costas cubanas. Pero los planes que gritan justicia nunca son demasiado justos con los justicieros. Llegaron el 2 de diciembre, y nadando: el bote encalló a varios metros de tierra firme. Luego de cuatro horas de luchar contra el agua, se internaron en la selva.
A las 72 horas hicieron una parada en Alegría del Pío para descansar las llagas de los pies. No hubo nada de alegría, en realidad: una ráfaga de tiros los acribilló vivos. El Che sintió el calor sobre su cuello y la muerte sobre su corazón. Una bala lo rozó en el griterío y un silencio lo calló en su temblor. No escuchaba nada, hasta que alguien gritó: “Aquí no se rinde nadie, carajo”. Camilo Cienfuegos seguía vivo en su propia voz. Y el Che también.
Luego del enfrentamiento, de los ochenta y dos rebeldes iniciales quedaron veintidós. Esos sí que estaban locos en serio: treinta mil hombres de Batista los esperaban con cuchillo y tenedor, pero ellos seguían firmes. El primer gustito con sabor a victoria fue el 17 de enero de 1957, cuando ganaron su primera batalla. Después de aquella contienda, el Che robó dos lápices y un cuaderno y estrenó su “Diario de campaña”.
Las victorias continuaron y la marcha también: el Che, además de avanzar con su fusil recitando poemas de Pablo Neruda, ahora revisaba a los enfermos de los pueblitos y lloraba al observar cómo los gusanos se comían literalmente a los nenes. Cuando los campesinos lo veían llegar, no lo podían creer: la mayoría nunca había hablado con un médico. Por esto, y por las miserias incalculables sufridas a lo largo de sus vidas, la población civil se unió a las filas de los subversivos. Fueron aceptados con la condición de que aprendieran a leer y a escribir.
El 5 de mayo de 1958, ante el notorio crecimiento del grupo guerrillero, Batista anunció la “eliminación definitiva” de los insurgentes. Lanzó doce mil hombres a su búsqueda y a su exterminio. Dos meses después, retiró a los soldados: doce mil hombres a veces es muy poco.
Estimulados por el éxito en Sierra Maestra, Fidel quiso ampliar los horizontes. El objetivo consistía en llevar la guerra al llano. Ya con la estrella de comandante adosada a su boina, el Che partió con más de ciento cuarenta facciosos hacia la provincia de Las Villas. Estuvieron horas y horas enteras sin probar un bocado, y caminaron quinientos kilómetros en cuarenta y cinco días. A destino llegaron el 7 de octubre.
El 29 de diciembre se produjo la batalla final en Santa Clara. Nunca se festejó tanto un Año nuevo en esas tierras: el primero de enero de 1960, Batista abandonó la isla y la Revolución Cubana cantó victoria. En esas horas, el Che recibió un llamado. Era su padre, Ernesto, desde Argentina. Ninguno de los dos reconoció la voz del otro.
Días más tarde, toda su familia se trasladó a la isla. El abrazo del Che con su madre duró los seis veranos que estuvieron separados y ahí, en Cuba, a sus treinta años, Celia lo parió de nuevo: Fidel lo nombró “cubano de nacimiento” y la gente lo adoptó como suyo. Su apodo estaba bien puesto desde la primera vez que sonó en el aire: “Che”, en guaraní, significa “mí”.
El 2 de junio de 1958 volvió a comprometerse. Esta vez lo hizo con su secretaria, Aleida March. En la fiesta de casamiento el público brindó por los novios, pero también por los diez mil cuarteles militares que fueron convertidos en escuelas para disminuir el 30% de analfabetismo que sufría el país.
En los casi diez años posteriores, el Che presidió el Banco Nacional de Cuba, estuvo a cargo del Ministerio de Industrias, publicó manuales sobre guerrillas, y viajó por varios continentes para fortalecer las relaciones internacionales con las demás naciones.
Pero las botas de un revolucionario, por más limpitas que estén, siempre piden mancharse de barro.
Por eso en 1966 se deshizo de todas las responsabilidades burocráticas y, en afán de que nadie pudiese reconocerlo, se afeitó la barba, se tiñó el pelo de rubio, desempolvó las corbatas y los trajes, y sonrió con una dentadura postiza. De este modo recorrió el territorio sudamericano en busca del lugar propicio para clavar su bandera. Eligió Bolivia. Antes, no obstante, despidió a Fidel, a Aleida y a los cuatro hijos que tuvo con ella: los nenes, sus nenes, la última vez que lo vieron no pudieron distinguir a la persona que estaba detrás del disfraz. El Che se fue para siempre sin escuchar un solo “papá”.
El 3 de noviembre de 1966 arribó a Bolivia. Cuatro días más tarde, los cuarenta y siete combatientes que componían el foco guerrillero se ubicaron cerca del río Ñancahuazú, al sudeste del país. Si en Cuba alrededor del 30% de la población era analfabeta, en Bolivia se duplicaba el porcentaje. A su vez, el 50% de los hombres explotados en las minas no superaba los treinta años.
En enero y febrero de 1967, las armas comenzaron a llegar en bolsas de cemento. Recién en marzo se produjo el primer enfrentamiento. A pesar de haber ganado la batalla inicial, a partir de allí la guerra fue de mal en peor: el rechazo de la población local a los revolucionarios y la ayuda casi nula de algunos sectores comunistas hacia ellos desembocaron en una derrota que se consumó a los siete meses de apretar por primera vez el gatillo.
El 8 de octubre de ese mismo año, El Che fue arrestado por las fuerzas del presidente René Barrientos en la Quebrada del Yuro. Los captores avisaron a sus superiores: “Tenemos a Papá”. Papá era el nombre en clave para referirse al Che. De la boca de sus enemigos salió la palabra que le debían sus hijos.
Al día siguiente lo fusilaron en una escuelita de La Higuera, a sus 39 años. Ningún soldado se animó a limpiar la sangre: no hubieran podido lavarse las manos como lo hicieron después.
Precisamente en una lavandería, lo exhibieron. Los flashes volvieron a quemarle las venas. Horas más tarde, le cortaron las manos para que los especialistas en huellas digitales corroboraran su muerte. Y luego, desaparecieron el cuerpo.
Llevó casi treinta años encontrarlo. Cuando los antropólogos lo descubrieron, algunos argentinos y algunos cubanos se turnaron para dormir en su fosa por temor a que se robaran los restos. La misma muerte que había escondido su cuerpo años atrás, esta vez ni siquiera se le acercó. Es que ahora, por cada hueso quieto de Guevara había miles y miles de huesos inquietos que lo defendían con uñas y dientes. La palabra Che ya no tenía una sola sílaba. Tenía un millón. Y llevaba tilde...
ESCRITO POR SANTIAGO CAPRIATA

domingo, 17 de enero de 2016

Los enemigos de Bolívar

1
No hay grandeza sin enemigos. El camino de todo héroe está sembrado de sabandijas. Bolívar desafió las más aguerridas legiones de un Imperio global. Peleó 472 batallas y perdió sólo seis. Casi invencible cara a cara, sus adversarios buscaron herirlo a traición. Recordemos a Vinoni, que entrega Puerto Cabello; al infeliz negrito Pío que intenta matar al Libertador y sólo acuchilla a Amestoy, que reposaba en la hamaca de aquél; a los magnicidas del atentado del 25 de septiembre de 1828 en Bogotá. Tampoco pudieron con él. Tuvieron que asesinarlo en el alma, balaceando a su más dilecto amigo y posible sucesor: Antonio José de Sucre, mariscal de Ayacucho.
2
Pues no hay adversario más leal que el abierto. El Pacificador Pablo Morillo era de cuidado. Venía con sesenta navíos, inmensos pertrechos y 15.000 hombres a sofocar la rebelión del Nuevo Mundo. Había peleado victoriosamente contra Bonaparte. El Pacificador batalló fieramente contra los patriotas, pero también les reconoció gallardamente la valentía. En la entrevista de Santa Ana pudo capturar a Bolívar, que compareció a parlamentar solo y sin escolta, y no lo hizo. No calzan esos puntos los virreyes a quienes Bolívar o sus generales pusieron en fuga. Ninguno fue hijo de sus obras; ni uno solo tenía un proyecto distinto de la eternización del privilegio, ninguno debió sacar ejércitos de la nada para defender instituciones aún por crear.
3
No hay enemigos más dolorosos que los hermanos a quienes la circunstancia enfrenta. Miranda capitula teniendo bajo su mando veinte mil hombres; Bolívar y los patriotas lo detienen para juzgarlo, y en eso los realistas se apoderan de los patriotas y de Miranda. Mucho debió pesar a Simón José Antonio verse enfrentado a aquél hombre deslumbrante, y como él desventurado. Bolívar reconoce que la batalla de San Félix es el más brillante triunfo obtenido hasta ese momento por las armas patriotas, y sin embargo hace ejecutar a Piar, quien intenta dividir las fuerzas o reavivar la Guerra de Colores. El catire Páez quiere separarse de la Gran Colombia, y Bolívar lo aplaca dándose en 1826 un paseo por Caracas acompañado de numerosos batallones. El zamarro llanero espera hasta la muerte física del Libertador para deshacer su obra. Sin embargo, respetuosamente preside la repatriación de los restos del Prócer. Y al final de su autobiografía confiesa que concluye ésta donde debió terminar su carrera política: con la Independencia. Historiadores oficiosos han querido inventar una enemistad entre Bolívar y San Martín; pero éste hasta el fin de sus días en el doloroso ostracismo conserva ante su vista un retrato de Simón José Antonio, quien fallece camino a destierro.
4
Nada de esta grandeza compartieron quienes fingieron estar de su parte para venderlo más fácilmente. Francisco de Paula Santander, general que jamás ganó una batalla, negocia fatales empréstitos que arruinarán la Gran Colombia, niega al Libertador fondos para la Campaña del Sur, e intenta asesinarlo. El infame Pedro Carujo se une a esta conjura, y luego pretende acabar con la Gran Colombia en la conspiración de la Cosiata. Antonio Leocadio Guzmán viaja a la Nueva Granada para incitar a Bolívar a coronarse, y como éste rechaza el proyecto, deviene su acérrimo enemigo. Así como la gloria del héroe crece, disminuye la talla de sus adversarios. Esta enumeración podría seguir indefinidamente en orden decreciente, de no interrumpirla la repugnancia o la lástima.
5
"He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono", escribe Simón José Antonio en su última proclama. Desaparecido físicamente el héroe, quienes lo odiaron detestan su obra. Es adversario de Bolívar quien rechaza la Independencia de América Latina y el Caribe, su integración, la liberación de esclavos e indígenas, la soberanía popular, la democracia, la atribución a la República de la riqueza del subsuelo, la confiscación de bienes de potencias extranjeras, la inmunidad frente a decisiones de tribunales foráneos, la educación abierta a todos, el ejército popular. Es tarea para emperadores o nulidades. Bolívar los perdonó. Olvidémoslos.
6
Exigente empresa es hoy odiar a Bolívar Advirtió Neruda que "estás en la tierra, en el agua, en el aire de toda nuestra extensa latitud silenciosa". Añadió que­: "todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada:/tu apellido la caña levanta a la dulzura,/ el estaño bolívar tiene un fulgor bolívar,/ el pájaro bolívar sobre el volcán bolívar,/la patata, el salitre, las sombras especiales,/las corrientes, las vetas de fosfórica piedra,/todo lo nuestro viene de tu vida apagada,/ tu herencia fueron ríos, llanuras, campanarios,/ tu herencia es el pan nuestro de cada día, padre". Bolívar es ese legado titánico. ¿Cómo borrar a quien está en todo y es todo? A ver quién nos deshereda.

sábado, 16 de enero de 2016

Bolívar escribe su Mensaje


            El 16 de Enero de 1819, el Libertador remonta el Orinoco con dos mil hombres y se entrevista con Páez en San Juan de Payara.  Lo asciende a General de División y lo encarga de todas las fuerzas mientras regresa a la ciudad de Angostura para instalar el Congreso Constituyente.
            El Libertador con rumbo al Arauca había salido de Angostura el 11 de noviembre de 1818 y regresó el 29 de enero de 1819.  Durante esa travesía escribió su famoso Mensaje al Congreso de Angostura que luego remató en la Casa del Morichal de  San Isidro donde vivió con interrupciones hasta el 24 de diciembre de 1819.
            Contaba el Libertador 36 años de edad cuando redactó este documento constante de 33 folios, con la ayuda de su amanuense, capitán Jacinto Martel.  Fue revisado y corregido este discurso por el prócer barinés Manuel Palacio Fajardo, quien le hizo 45 anotaciones que consta en dos folios originales conservados en el Archivo del Libertador.
            Bolívar, después de revisado y corregido su discurso, lo lee en la sesión de instalación del Congreso, el 15 de febrero de 1819.  Después los originales fueron entregados personalmente por él al Coronel James Hamilton, soldado británico, colaborador de la causa  patriota en Angostura, para que fuese traducido al inglés  una vez publicado  en el Correo del Orinoco.  El discurso fue publicado por partes en las ediciones del 19 al 22 y luego en un folleto de 26 páginas para ser reimpreso seguidamente en Londres, el mismo año, por mediación del general D’Evereux.
Los originales de este trascendental discurso del Libertador, pieza fundamental en la comprensión de su ideario, fueron localizados en Inglaterra por el historiador Pedro Grases.  En ese país lo conservaba un descendiente de su traductor a la lengua inglesa, coronel James Hamilton.  El señor Philip Grierson, tataranieto en cuarta generación, regresó el documento a Venezuela y en un acto especial que tuvo lugar en la Casa de San Isidro de Ciudad Bolívar, fue recibido por el Presidente de la República Carlos Andrés Pérez.
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domingo, 10 de enero de 2016

Ezequiel Zamora

Ezequiel Zamora
Ezequielzamora.jpg
Ezequiel Zamora
General en Jefe
Años de servicio
1846 - 1860
-
ApodoGeneral del Pueblo Soberano
LealtadFlag of Venezuela.svg Venezuela
MandosJefe de Operaciones de Occidente (1859 -1860)
Participó enInsurrección Campesina de 1846
Guerra Federal

Nacimiento1 de febrero de 1817
Bandera de Angostura (20 de noviembre de 1817).svg CúaC. G. de Venezuela,Imperio español
Fallecimiento10 de enero de 1860
(42 años)
Flag of Venezuela (1836-1859).svg San CarlosVenezuela
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Ezequiel Zamora (CúaMiranda1 de febrero de 1817 - San CarlosCojedes,10 de enero de 1860) fue un militar y político venezolano, uno de los principales protagonistas de la Guerra Federal (1859-1863), líder radical que propugnaba una extensa reforma agraria a favor de los campesinos.

Índice

BiografíaEditar

Su vida se caracterizó por estar teñida del espíritu romántico de los personajes liberales de su tiempo. Se unió a la causa liberal en la época de Antonio Leocadio Guzmán, fundador del partido liberal y adversario del gobierno conservador dirigido por José Antonio Páez.
Sus padres fueron Alejandro Zamora y Paula Correa, modestos tenderos pertenecientes al estrato de los "blancos de orilla" y descendientes de inmigrantes españoles originarios de las Islas Canarias.[1] Durante los primeros años de su niñez recibe la rudimentaria instrucción que podía brindarle una zona rural todavía convulsionada por las luchas independentistas. Después de Santa Inés, el Valiente Ciudadano toma rumbo hacia el centro del país, a través de Barinas y Portuguesa, pero antes de aproximarse a Caracas, resuelve el asalto de la ciudad de San Carlos; durante las acciones preliminares para la toma de la plaza, Su deceso tuerce el rumbo positivo que tomaba el conflicto para los federalistas y produce la pérdida del más importante.

Vida militarEditar

En 1846, como miembro del Partido Liberal, se presenta a las elecciones de ese año, como candidato a "elector" para el cantón de Villa de Cura, pero su nominación fue objetada por los conservadores, mediante procedimientos típicamente fraudulentos que él y todos sus amigos en conjunto y sus partidarios consideraron como compulsivos e ilegales. Este fue el reflejo de la tensa situación entre Liberales y Conservadores a escala nacional, cuyo cruento desenlace pretende evitarse por medio de una entrevista entre José Antonio Páez y Antonio Leocadio Guzmán padre de Antonio Guzmán Blanco. No obstante, la reunión de los dos líderes es frustrada por alzamientos espontáneos de campesinos en la región central. Zamora llama inmediatamente a "hacer la guerra a los godos" en beneficio de los pobres, mientras Páez es nombrado Jefe del Ejército. En definitiva, Zamora se levanta en armas el 7 de septiembre de 1846, en la localidad de Guambra; "tierra y hombres libres", "respeto al campesino", "desaparición de los godos", son las consignas esenciales de quien la gente comenzó a llamar "General del Pueblo Soberano". Tras librar las acciones victoriosas de Los Bagres y Los Leones, es derrotado y capturado por el general José María Zamora en la batalla de la Laguna de Piedra el 26 de marzo de 1847. Es condenado a muerte por los tribunales de Villa de Cura el 27 de julio del mismo año, pero José Tadeo Monagas le rebaja la pena a 10 años de prisión. Tras escapar de la cárcel de Maracay en el camino hacia la prisión de Maracaibo, encontró trabajo como peón en una hacienda. Al año siguiente fue indultado.
Estatua de Ezequiel Zamora, Estación Ferrocarril, Cúa.
Algún tiempo después se enroló en el ejército liberal de José Tadeo Monagas que combatía contra los terratenientes. En 1849 capturó a Páez y lo llevó encadenado a Caracas. En 1851 le ascendieron a coronel. La derrota de los terratenientes fue temporal y Zamora tuvo que exiliarse al Caribe. En octubre de 1858 se constituyó la Junta Patriótica y se inició una rebelión que encabezaría el general Juan Crisóstomo Falcón, cuñado de Zamora. Para las masas que llevaron adelante la insurrección y para Zamora que las conducía y para sus compañeros e ideólogos de mayor confianza (el inglés José Branford, los franceses Carlos Enrique Morton, Napoleón Avril, así como José Ignacio Charquet, Francisco J. Iriarte, Antolino Álvarez y otros), la guerra de la “feberación”, como decía la plebe y los esclavos recién liberados, se proponían también resolver el problema democrático, pero fundamentalmente la situación de desigualdad social.
La gran consigna expresada en medio de los campos de batallas en los llanos, de Coro, Yaracuy y Barquisimeto, así el de las proclamas editadas en una imprenta en La Victoria y que se repartían en los territorios liberados, era el de la “igualación social”. En una carta de Zamora del 12 de diciembre de 1859, dos días después de la Batalla de Santa Inés, escribía: “No habrá pobres ni ricos, ni esclavos ni dueños, ni poderosos ni desdeñados, sino hermanos que sin descender la frente se tratan de bis a bis, de quien a quien”.

Guerra FederalEditar

El 23 de febrero de 1859, en el marco de la Guerra Federal Zamora desembarca procedente de Curaçao en La Vela de Coro. Se denomina Jefe de Operaciones de Occidente, haciendo que Coro se constituya en estado federal (25 de febrero1859) y organizando un gobierno provisional de Venezuela (26 de febrero de 1859). El 23 de marzo triunfa en el encuentro de El Palito, a partir del cual planifica sus movimientos hacia los llanos occidentales. Toma San Felipe el 28 de marzo y reorganiza la provincia como entidad federal con el nombre de estado Yaracuy. El 10 de diciembre de 1859, se desarrolla la batalla de Santa Inés, en la cual derrota al ejército centralista; siendo considerada esta acción como fundamental en el proceso de laGuerra Federal y testimonio de las excepcionales cualidades de Zamora como conductor de tropas. Después de Santa Inés, Zamora se dirige hacia el centro del país con 3.000 soldados de infantería y 300 jinetes, a través de Barinas y Portuguesa, pero antes de aproximarse a Caracas, resuelve atacar San Carlos, cuya plaza principal estaba defendida por el comandante Benito Figueredo, con 700 hombres.
Durante las acciones preliminares para la toma de la plaza, el 10 de enero de 1860, recibe un balazo en la cabeza que le causó la muerte. La causa queda en el misterio. Algunos dicen que la bala salió de su propio campo, obedeciendo órdenes de Falcón y Guzmán Blanco.[2]
Su inesperado deceso cambió el rumbo positivo que llevaba la guerra para los federalistas y produjo la pérdida, del que para muchos fue el más importante líder popular del siglo XIX venezolano. Sus restos reposan en el Panteón Nacional de Caracas desde el 13 de noviembre de 1872.