jueves, 30 de enero de 2014

Nace Juan Antonio Pérez Bonalde (El poeta de Caracas)

Viernes, 30 de Enero de 1846)
Nace Juan Antonio Pérez Bonalde (El poeta de Caracas)
El 4 de octubre de 1892 muere en La Guaira el poeta de «La Vuelta a la Patria», el poeta de Caracas, Juan Antonio Pérez Bonalde.
Pérez Bonalde nació en Caracas en 1846, el 30 de enero. Fue el noveno hijo del matrimonio integrado por Juan Antonio Pérez Bonalde y Gregoria Pereyra. Huyendo de la guerra federal, la familia Pérez Bonalde se traslada a Puerto Rico (1861). Para sostenerse, fundan un Colegio, donde el joven poeta, de quince arios, se desempeña como Profesor. ¿Qué formación tiene Pérez Bonalde para ese entonces? Felipe Tejera dice que se había dedicado especialmente al estudio de la música, el dibujo e idiomas extranjeros.
Poseía también conocimientos prácticos. En la isla de Santomas (a la que se trasladó la familia desde Puerto Rico), Pérez Bonalde se emplea como tenedor de libros. En 1864, pacificado el país, los Pérez Bonalde retornan a Caracas y planifican otro colegio, semejante al de Puerto Pico. La muerte repentina del padre aborta el proyecto. Entre 1864 y 1870 Pérez Bonalde vive en Caracas. Trabaja como puede para ganarse la vida. Interviene en política con el Partido Liberal.
En 1870 llega a la primera magistratura el General Guzmán Blanco, de quien Pérez Bonalde es enemigo político. El poeta se va de Venezuela en aquel año de 1870. Vuelve por poco tiempo en 1876, y no regresa definitivamente hasta 1889, llamado por el gobierno del Dr. Raimundo Andueza Palacio. En estos dieciocho años largos, su centro de operaciones es Nueva York. Se emplea en la casa Lenman y Kemp-Barclay y Cía., y viaja por casi todo el mundo como representante de esta firma. Tiene oportunidad de aprender idiomas y de perfeccionar los que ya sabe. Se convierte en un extraordinario políglota y en excepcional traductor de poesía.
En 1879 se casa con Amanda Schoonmaker. La unión de esta pareja es desafortunada. En el dolor del exilio, nace una hija, Flor. El poeta concentra en ella sus afectos y alegrías. Le espera, sin embargo, un rudo golpe. La niña fallece en 1883. De esta trágica circunstancia brota esa conmovedora elegía que lleva por título Flor.
Sus lecturas, su vida errante, su aguda sensibilidad, ciertos aconteceres aciagos, todo lo va conduciendo al escepticismo. A partir de aquel trágico 1883, no vuelve a publicar libros de poesía propia. Sólo sus grandes traducciones, las de Heine y Poe. Busca escaparse de la realidad, ya no por el paisaje poético, sino por la puerta falsa del alcohol y de las drogas. Su salud comienza a resentirse. Quienes lo conocen y lo tratan, como José Martí, advierten en él un aire de melancolía profunda, y de tedio vital. Poco a poco llega a los límites del nihilismo. A la total incredulidad, a una falta de fe en el presente y en el porvenir. Testimonio son estos párrafos de su libro de Memorias, dados por el poeta a la prensa caraqueña:
Muchos años han pasado desde la última vez que dejé un recuerdo de vida en estas páginas.

Y ¿qué he conseguido, qué he alcanzado durante este largo transcurso del tiempo?. .
Lo que alcanzaría el hombre que viviese mil años; lo que ha alcanzado la humanidad desde su misterioso principio hasta el presente: NADA!

En 1889, bastante quebrantado de salud, regresa definitivamente a Venezuela. El gobierno de Andueza Palacio le ofrece un cargo diplomático. El poeta accede. Se embarca con rumbo a la ciudad de Amberes. Pero se siente tan enfermo que regresa desde Curazao. En vano intenta buscar salud en las aguas termales de San Juan de los Morros y luego en La Guaira. Una hemiplejia agrava su situación. Y el 4 de octubre de 1892 fallece en La Guaira. Once años después (1903) sus restos son trasladados a Caracas en medio de solemnes honras fúnebres. Y desde 1946, centenario de su nacimiento, sus cenizas reposan en el Panteón Nacional. En uno de sus poemas, Pérez Bonalde había dejado esta especie de disposición final:
POR SIEMPRE JAMAS!

Traedme una caja
de negro nogal,
y en ella dejadme
por fin reposar.
De un lado mis sueños
de amor colocad,
del otro, mis ansias
de gloria inmortal;

la lira en mis manos
piadosos dejad,
y bajo la almohada
mi hermoso ideal...
Ahora la tapa
traed y clavad,
clavadla, clavadla
con fuerza tenaz,
que nadie lo mío
me pueda robar...

Después, una fosa
bien honda cavad,
tan hioda, tan honda,
que hasta ella jamás
alcance el ruido
del mundo a llegar.
Bajadme a su fondo,
la tierra juntad,
cubridme...y marchaos
dejándome en paz...

¡Ni flores, ni losa,
ni cruz funeral;
y luego...olvidadme
por siempre jamás!
.
LA OBRA DE PEREZ BONALDE

La obra poética original de Pérez Bonalde está representada por dos Poemarios: Estrofas (1877) y Ritmos (1880). Sus traducciones de mayor importancia son El cancionero (1885) del alemán Henrique Heine, y El cuervo (1887) del norteamericano Edgar Allan Poe.
En sus libros originales, Estrofas y Ritmos, reúne poemas escritos en diversos lugares. En ambas obras, la huella de un poeta intimista, sincero que no imita a los maestros del Romanticismo europeo, sino que extrae los temas de su propia peripecia vital. Su poesía, perdurable por ello, y por el fino e ilustrado espíritu de su creador, se encuentra relacionada de inmediato con algunos de los grandes aconteceres de una existencia errante y dolorosa, y con los fines que según la concepción romántica debía cumplir el poeta,
... pues a más de profeta,
sacerdote y caudillo,
es la misión sublime del poeta
ser héroe denodado, aunque sencillo,
y vencedor del tiempo y de la muerte..!
Profeta, es decir, vate, vaticinador, iluminado, capaz de ver más lejos y más hondo que el común de los hombres, tal como ya lo pregonaban los latinos. Quien es un vidente, un soñador sagrado, un Profeta es también un Sacerdote, puesto que su misión consiste en conducir a la humanidad, cuyo destino él conoce por revelación, o porque sus facultades intelectuales son de orden superior. De este modo, el sentimiento religioso (de signo positivo o negativo) se empalma con la misión social que el poeta debe cumplir, como Caudillo, esto es, como guía, cabeza de unos ideales que luchan por Libertad y Justicia. Esta circunstancia y el individualismo romántico, conciben al poeta como un Héroe señero, que combate cada día contra las propias miserias y las ajenas, contra los desfallecimientos del ánimo y la duda. Por último, Vencedor del tiempo y de la muerte por cuanto, como ya lo predicaban desde la Alta Edad Media Dante Alighieri y Jorge Manrique, el arte es una de las vías que el hombre dispone para alcanzar la inmortalidad.
Cuatro poemas, los mejores, responden a suscitaciones vitales. El primero, en orden cronológico, es un canto de desterrado, Vuelta a la patria (1876), cuya doble motivación, la alegría del regreso a la madre patria y el dolor ante la muerte de la madre carnal, hacen de éste el mejor poema entre todos los numerosos cantos de exilio que se escribieron en Hispanoamérica. Es una elegía asordinada, serena, sin estridencias.

Pobre poeta (s. fecha). El segundo gran poema, dedicado a la memoria del malogrado lírico puertoriqueño José Gautier y Benítez (1848-1880), contiene una conmovedora definición de la naturaleza espiritual del creador, aplicable, como es lógico, al mismo Pérez Bonalde. La sensibilidad del poeta está vista como un cilicio. Las dos primeras estrofas orientan ya acerca del tono y del tema:
¡Oh, no envidiéis al que en la herida frente
lleva cual fiero dardo
la inspiración ardiente,
la codiciada llama
que viva luz derrama
y gloria en torno al aplaudido bardo!
Oh no, no lo envidiéis; de la áurea rama
que sus sienes corona, cada hoja
representa un martirio, una congoja,
una herida profunda, un desencanto,
sangre del pecho, o de los ojos llanto.
Cada paso que avanza
de la inmortalidad en la ardua senda,
cada triunfo que alcanza
le cuesta una creencia, una esperanza
que más y más la bendecida venda
de la ilusión aparta de sus ojos.
Poema del Niágara (1880). El tercer gran poema, considerado entre otros por José Martí, como la obra maestra de Pérez Bonalde, es el Poema del Niágara, compuesto como el de Heredia, a vista de las imponentes cataratas. El poema obedece al sentimiento del romántico por la Naturaleza y a su identificación con algunos espectáculos naturales de gran belleza. Pérez Bonalde va más allá. El torrente y su catarata le hacen imaginar que en ellos está oculto un Genio a quien el poeta puede interrogar acerca los misterios de la vida y de la muerte. A las preguntas que formula, el eco responde sombríamente dando a entender que nada existe más allá de esta existencia efímera:
Heme aquí frente a frente
de la espesa tiniebla desde donde
oírme debe la deidad rugiente
que en su seno se esconde:
Dime, Genio terrible del torrente,
¿a dónde vas al trasponer, la valla
del hondo precipicio,
tras la ruda batalla
de la atracción, la roca y la corriente. . ?
¿A dónde va el mortal cuando la frente
triunfadora del vicio,
yergue, al bajar a la mundana escoria
en pos de amor, y venturanza y gloria?
¿A dónde van, a dónde,
su fervoroso anhelo,
tu trueno que retumba...?
Y el eco me responde,
ronco y pausado: ¡tumba!
Espíritu del hielo,
que así respondes a mi ruego, dime:
si es la tumba sombría
el fin de tu hermosura y tu grandeza;
el término fatal de la esperanza,
de la fe y la alegría;
del corazón que gime
presa del desaliento y los dolores;
del alma que se lanza en
pos de la belleza,
buscando el ideal y los amores;
después que todo pase,
cuando la muerte, al fin, todo lo arrase,
sobre el oceano que la vida esconde,
dime qué queda;
dí ¿qué sobrenada..?
Y el eco me responde,
triste y doliente: ¡nada!

Entonces, ¿por qué ruges,
magnífico y bravío,
por qué en tus rocas, impetuoso, crujes
y al universo asombras
con tu inmortal belleza,
si todo ha de perderse en el vacío. . ?
¿Por qué lucha el mortal, y ama, y espera,
y ríe, y goza, y llora y desespera,
si todo, al fin, bajo la losa fría
por siempre ha de acabar..? Dime, ¿algún día,
sabrá el hombre infelice do se esconde
e1 secreto del ser..? ¿Lo sabrá nunca..?
Y el eco me responde,
vago y perdido: ¡nunca!
¡Adiós, Genio sombrío,
más que tu gruta y tu torrente helado;
no más exijo de tu labio impío,
que al alejarme, triste, de tu lado,
llevo en el cuerpo y en el alma frío.
A buscar la verdad vino hasta el fondo
de tu profunda cueva:
mas, ay, en vez de la razón ansiada,
un abismo más hondo
mi alma desesperada
en su seno, al salir, consigo lleva...!
¡Ya sé, ya sé el secreto del abismo
que descubrir quería..!
¡Es el mismo, es el mismo
que lleva el pensador dentro del pecho:
la rebelión, la duda, la agonía
del corazón en lágrimas deshecho!

Flor (1883). El cuarto gran poema de Pérez Bonalde es el canto elegíaco que escribe bajo el terrible impacto que le produce la muerte de su hija Flor. Si en el Poema al Niágara dice salir del abismo, sin respuesta para sus grandes preguntas acerca de los misterios del ser, en Flor se enfrenta a Dios al no comprender cómo pudo haber sido herida de muerte una criatura que apenas abría los ojos a la vida. Es el dolor máximo, la suprema rebelión de los poetas satánicos, que en Pérez Bonalde es la culminación trágica de una existencia destrozada por el hado:
Señor, ¿existes? ¿Es cierto que eres
consuelo y premio de los que gimen,
que en tu justicia tan sólo hieres
al seno impuro y al torvo crimen?

Responde entonces: ¿Por qué la heriste?
¿Cuál fue la culpa de su alma triste?
¿Cuál fue la mancha de su inocencia?
¡Señor, respóndeme en la conciencias!
Alta la llevo siempre, y abierta,
que en ella nada negro se esconde;
la mano firme llevo a su puerta,
inquiero... y nada, nada responde.

¡Sólo del alma sale, un gemido
de angustia y rabia, y el pecho, en tanto
por mano oculta de muerte herido,
se baña en sangre, se ahoga en llanto!
¡Y en torno sigue la impía calma
de este misterio que llaman vida,
y en tierra yace la flor de mi alma,
y al lado suyo mi fe vencida!

.........................................................
¡Nada, ni la esperanza
ni la fe del creyente
en la ribera nueva,
en el divino puerto
donde la barca que las almas lleva
habrá de anclar un día;
ni el bálsamo clemente
de la grave, inmortal filosofía;
ni tú misma, divina poesía
que esta arpa de lágrimas me entregas
para entonar el aéreo de mi duelo...!
¡Tú misma no, no llegas
a calmar mi dolor...!
¡Ábrase el cielo!
¡Desgájese la gloria en rayos de oro
sobre mi frente... y desdeñosa, altiva
de su mal sin consuelo
al celestial tesoro
el alma mía cerrará su puerta:
que ni aquí, ni allá arriba
en la región abierta
de la infinita bóveda estrellada,
nada hay más grande, nada:
más grande que el amor de mi hija viva,
más grande que el dolor de mi hija muerta!

El traductor. Desde la niñez, se inició Pérez Bonalde en el estudio de lenguas extranjeras. A lo largo de su existencia, llegó a tener un asombroso dominio del latín, del inglés, del francés, del alemán, del italiano y del Portugués.
Los idiomas le permitieron conocer directamente literaturas extranjeras. Este factor contribuyó a hacer de Pérez Bonalde un romántico superior en muchos aspectos a la mayoría de sus compañeros hispanoamericanos.
Gracias a sus excepcionales conocimientos del alemán, Pérez Bonalde realizó la mejor traducción (1885) de El Cancionero (1827), de Heine. Pero no sólo lo tradujo impecablemente, sino que logró una musicalidad igualada más tarde por dos grandes del Modernismo, el colombiano José Asunción Silva y el nicaragüense Rubén Darío. Sirvan como muestra de la versión de Pérez Bonalde, estos excelentes dodecasílabos del poema La Esfinge:
Estoy en la antigua floresta encantada,
los tilos esparcen su aroma sutil;
del astro nocturno la luz argentada,
con mágico hechizo se adueña de mí.

Avanzo en las sombras cm pie temerario,
y al punto en los aires resuena una voz;
la voz del alado cantor solitario
que canta las glorias y penas de Amor.
Las glorias y penas de Amor canta el ave:
las dulces sonrisas, el llanto de hiel,
tan triste es su queja, su trino tan suave,
que en mi alma despiertan los sueños de ayer.

Mi planta en las sombras, intrépida, avanza:
un claro del bosque se ofrece ante mí,
y en él un castillo gigante que lanza
sus torres aéreas al alto cenit...
Exito similar que con la traducción de El Cancionero, obtuvo Pérez Bonalde con la versión (1887) del célebre poema El Cuervo (1845), de Poe. No sólo conserva con extraordinaria fidelidad la atmósfera de misterio que va in crescendo en el poema de Poe, sino que reproduce en castellano el ritmo trocaico del original inglés.
Pérez Bonalde vertió al castellano otros poetas, entre los cuales, el inglés William Shakespeare, los alemanes Ludwig Uhland y Johan Gottfried Herder.
ANTOLOGIA DE VUELTA A LA PATRIA
Cuando Pérez Bonalde escribe Vuelta a la patria (1876), navega rumbo a Venezuela, tras seis años de ausencia. Santiago Key-Ayala ha imaginado la escena en la que el poeta compone su canto elegíaco:
Fue a bordo del barco en que Pérez Bonalde regresaba a la tierra nativa, rumbo a Puerto Cabello, donde nació la "Vuelta a la Patria". Nació, vio la luz. ¿Cuánto tiempo había estado en el alma del hijo infeliz, moviéndose hacia la luz por una gestación de sueño?
El poeta mismo responde a la pregunta:
Una línea indecisa
entre brumas y ondas se divisa.
.................................................
Va extendiéndose el cerro
y unas formas extrañas va tomando,
formas que he visto cuando
soñaba con la dicha en mi destierro.
Días y meses, el desterrado estuvo haciendo el viaje de vuelta a la patria y se vio llegar con el pecho henchido por la emoción del retorno, primero; después, henchidos los ojos por el resto de sus lágrimas. Ahora viaja en realidad hacia "la tierra amiga". Imagino la escena del alumbramiento: Pérez Bonalde está en el puente del barco sentado ante una mesita con aquel donaire señoril que los años acentuaron. Sobre la mesita, frente a él, un vaso y una botella de cerveza. Al lado, en una silla, un libro de versos o de viajes. A manera de marcador, un haz de cuartillas y un lápiz. Pérez Bonalde da la espalda al Norte, donde el frío "hiela los espacios y las almas". Mira hacia el Sur, adivinando, presintiendo la "tierra amiga". En la monotonía del aislamiento, la fantasía transpone la realidad circundante y navega por el mar de los sueños. El barco va hacia Puerto Cabello. El sueño hacia La Guaira. Triunfa el sueño.
A juzgar por estas noticias, Vuelta a la patria fue concebido a bordo del navío en el que Pérez Bonalde navega hacía las costas venezolanas tras seis años de ausencia. Dos sentimientos parecen dominarlo en aquellos instantes. Hay en él una alegría causada por su reencuentro con la tierra natal. Este puro e intenso alborozo está mediatizado, sin embargo, por una honda melancolía. El poeta sabe que no encontrará a su madre, fallecida mientras él se encontraba en el destierro. Siendo de signo contrario estos sentimientos, al conjugarlos dentro de un mismo poema, Pérez Bonalde debía evitar que se estorbasen. El poeta resolvió esta dificultad dividiendo su poema en dos partes. La primera responde en temas, tono, ritmo y ambiente a la euforia espiritual del regreso. La segunda está consagrada por entero al sentimiento elegíaco en el que los temas se interiorizan, el ritmo se torna lento y el lenguaje confidencial.
La primera parte, es descriptiva. El poeta reseña lo que va viendo y sintiendo a medida que el bajel se acerca a las playas, luego desembarca y toma el coche que lo conduce a Caracas. Culmina con la aparición, casi fantástica, de la ciudad natal que parece brotar de la nada, tras una vuelta del camino, con sus blancas torres, sus techos rojos, sus azules lomas.
Como es propio del alma romántica universal, estas descripciones del paisaje se relacionan de inmediato con los estados anímicos del poeta. En este caso, con escenas de la infancia, y éstas, con los días dichosos de una inocencia perdida. El goce de la llegada se reparte entre el deleite ante la luminosidad de la naturaleza tropical "son seis años de brumas y de cielos grises", la emoción romántica ante lo autóctono, ante la gente rústica y simple en estado de gracia natural, y hasta en el dulce son del idioma nativo.
Esta primera parte posee un ritmo ascendente, progresivo, que conduce a un momento crucial del poema. La patria es primero una línea indecisa que entre brumas y ondas se divisa. A medida que el barco se aproxima, la costa va dibujándose mejor hasta que lo borroso se hace nítido y se ven las riberas bordadas de palmeras. La impaciencia por llegar salta en el pecho del poeta y se traduce en oraciones de forma imperativa: ¡A tierra, a tierra, o la emoción me ahoga! ¡Boga, boga, remero! ¡En marcha, en marcha, postillón!
Cuando ya divisa a Caracas y el ritmo del desenfreno emocional llega a su punto culminante, se produce el choque del sueño contra la realidad. El poeta recuerda que no tiene hogar, o, más exactamente, hogar materno, y le pide al cochero que lo conduzca al cementerio, uno de los lugares favoritos de los románticos. Todo este recorrido vertiginoso que le ha permitido dar sus impresiones del regreso, todo este canto de alegría, se transforma súbitamente en un discurrir elegíaco, lento, intimista.
«¡Apura, apura, postillón! Agita
el látigo inclemente.
¡Al hogar, al hogar! que ya palpita por él
mi corazón ¡Mas no, detente!
¡Oh infinita aflicción! Oh desgraciado
de mí, que en mi soñar había olvidado
que ya no tengo hogar...Para cochero;
tomemos cada cual nuestro camino;
tú al techo lisonjero
do te aguarda la madre, el ser divino
que es la vida centro y alegría
y yo...¡yo al cementerio!,
donde tengo la mía...»

Comienza entonces la segunda parte dé Vuelta a la patria. La confidencia personal da una dimensión subjetiva. A través del monólogo, Pérez Bonalde le refiere a su madre la suerte que ha corrido desde el momento en que se separó de su regazo, como quien entrega cuenta de sus actos. El que habla sin esperanzas de respuesta, es un poeta aniñado, triste, escéptico, que retorna sin nada qué ofrecer, como no sea una flor amarilla del camino y el resto de llanto que le queda. Dos presentes románticos: el amor por la naturaleza y la manifestación viva del sentimiento. Reconfortado tras el desahogo, el espíritu del poeta cobra nuevos bríos. Cuando se marcha del cementerio lleva el alma en paz, y, como siempre, la frente erguida, resuelto a continuar luchando.
Los cantos de desterrados "como éste de Pérez Bonalde" fueron un género frecuente en la poesía romántica hispanoamericana y española. Con frecuencia, estos cantos iban unidos al tema político, en la medida que el desterrado padecía los rigores materiales y morales del ostracismo, protestaba contra los tiranos que arruinaban su patria y lo mantenían lejos de los suyos. Dentro de estos cantos figuran el Adiós a la patria, de Rafael Mª Baralt; La despedida de la patria, del colombiano José Eusebio Caro; La vuelta a la patria, del colombiano Miguel Antonio Caro; La vuelta al hogar, de José Joaquín Pérez. También el español Martínez de la Rosa tiene una composición sobre este género. Sin negarles calidades poéticas, ninguna de ellas supera la elegía de Pérez Bonalde.
«Caracas, allí está, vedla tendida
a las faldas del Avila empinado
Odalisca rendida
a los pies del Sultán enamorado»
El poeta de Caracas, Juan Antonio Pérez Bonalde.

El Encuentro de Bolívar y Páez

(Viernes, 30 de Enero de 1818)
El encuentro de Bolívar y Páez se produce el 30 de enero de 1818, en el Hato de Cañafistola, cerca de San Juan de Payara. Ambos caudillos se conocían por cartas que se cruzaban con bastante frecuencia, pero no se habían visto personalmente.
Ante la necesidad de unificar los ejércitos, Bolívar se trasladó a los Llanos en busca de Páez. Este, ante la imponente presencia del Libertador, juré e hizo jurar a sus oficiales y soldados el reconocimiento a la autoridad de Bolívar, ante el sacerdote patriota Ramón Ignacio Méndez.
A partir de este momento Bolívar se va a familiarizar con aquella geografía en que el cielo parece juntarse con el llano; con aquella casta de hombres rudos, hechos al sol, a la lluvia y al sacrificio, esos indómitos llaneros que contribuyeron en alto grado a la independencia de Venezuela y de América.
¿Cómo vio Páez a Bolívar? El mismo lo dice en su autobiografía: «Hallábase entonces Bolívar en lo más florido de sus años y en las fuerzas de la escasa robustez que suele dar la vida ciudadana. Su estatura sin ser procerosa, era no obstante suficientemente elevada para que no la desdeñase el escultor que quisiera representar a un héroe; sus dos principales distintivos consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y el brillo de los ojos, que eran negros, vivos, penetrantes e inquietos, con mirar de águila, circunstancias que suplían con ventajas lo que a la estatura faltaba para sobresalir entre sus acompañantes. Tenía el pelo negro y algo crespo, los pies y las manos tan pequeños como los de una mujer, la voz aguda y penetrante, la tez, tostada por el sol de los trópicos, conservaba no obstante la limpidez y lustre que no habían podido arrebatarle los rigores de la intemperie y los continuos y violentos cambios de latitudes por las cuales había pasado en sus marchas...»

Monseñor José Vicente Unda

(Jueves, 30 de Enero de 1777)
El 30 de enero de 1777 nace en Guanare José Vicente Unda, quien se ordenó sacerdote en el Seminario de Caracas en marzo de 1800, luego de haberse graduado de doctor en Teología. En 1810 se suma al movimiento de independencia. Como Diputado al Congreso de 1811 es uno de los firmantes del acta del 5 de julio. En 1812 es encarcelado. En 1831 asiste como Senador por Barinas al primer Congreso Constitucional de Venezuela. Concurre hasta 1834. Varias veces preside el Senado. En 1835 es nombrado Obispo de Mérida. Se le preconiza en 1836 y es consagrado en el Templo de San Francisco en Caracas.
Como educador tuvo destacada actuación en el colegio que él mismo contribuyó a crear, el «San Luis Gonzaga» de Guanare, que hoy es el Liceo «José Vicente Unda». Este meritorio y patriota obispo murió en Mérida el 19 de julio de 1840.

miércoles, 29 de enero de 2014

El 29 de Enero de 1830

(Viernes, 29 de Enero de 1830)
Para el 29 de enero de 1830 ya estaba decidida la separación definitiva de Venezuela de la Gran Colombia. Consecuente con la posición inicial de separar a Venezuela y no obedecer más a Bogotá, José Antonio Páez lanza una proclama, «A los habitantes de la antigua Venezuela», en estos términos:
«Venezolanos: Dijisteis en noviembre que queríais separaros del territorio que formaba la república de Colombia, y vuestra voluntad se ha cumplido. Los cuatro departamentos en que estaba dividida la antigua Venezuela, Maturín, Orinoco, Venezuela y Zulia, todos han querido una misma cosa y todos han mostrado el mismo entusiasmo: no ha habido un solo pueblo disidente...
Venezolanos: os he ofrecido sostener vuestro pronunciamiento, y colocado hoy al frente del ejército, os protesto que ningún poder extraño invadirá nuestro territorio, que la tranquilidad pública no será turbada, y que escudaré la representación nacional, para que en plena seguridad fije vuestros destinos, y principie la obra de vuestra prosperidad...La libertad ha aparecido como el sol, y su eficacia ha despertado el patriotismo del pueblo más heroico del Nuevo Mundo. ¡Desgraciados los que quieran oponérsele, y más desgraciados los que intenten extinguirla! Sólo encontrarán la muerte».

martes, 28 de enero de 2014

Maracaibo logra su Independencia

(Domingo, 28 de Enero de 1821)
El 28 de enero de 1821, mediante un golpe bien planificado por los patriotas y los hermanos Delgado, uno de los cuales (Francisco) era Gobernador de Maracaibo, esta población se constituyó en territorio republicano, incorporándose así a Colombia. El jefe Patriota José Heras se desplazó desde Gibraltar y ocupó la plaza de acuerdo con los revolucionarios.
Tanto Bolívar como Urdaneta estuvieron dirigiendo los hilos conspirativos desde lejos vivamente interesados en la incorporación de Maracaibo.
De inmediato reaccionaron los realistas, alegando que por estar en el período de armisticio, firmado en noviembre del año anterior, no podían mortificarse las posiciones de ambos ejércitos, el republicano y el realista, por lo tanto, quedaba roto el armisticio por incumplimiento de los patriotas.
Internacionalmente, esta situación no convenía al Libertador. Empezó, entonces, un cruce de comunicaciones oficiales. Bolívar y Urdaneta argumentaron que no podía impedirse a un pueblo entero que se acogiera «a la protección de nuestras armas».
No habiéndose puesto de acuerdo diplomáticamente, el jefe realista La Torre declaró roto el armisticio, y debía volverse a la guerra. Fue así como Maracaibo contribuyó a la independencia de Venezuela de una manera directa, pues al reiniciarse las hostilidades, el 28 de abril, se llevó a cabo la campaña de Carabobo con la victoria de las tropas patriotas.

La Hazaña de Mucuritas

El 28 de enero de 1817, con sólo mil cien llaneros, Páez vence en Mucuritas a La Torre, quien comandaba más de cuatro mil españoles.
El valor de los llaneros y la astucia de Páez, que hizo quemar la paja de la llanura aprovechando la ventaja del viento, «con tanta eficacia como Nelson en Trafalgar», hicieron posible esta increíble hazaña.
El jefe realista Pablo Morillo, que se unió a La Torre al día siguiente, estampó estas elogiosas palabras: «Catorce cargas consecutivas sobre mis cansados batallones me hicieron ver que aquellos hombres no eran una gavilla de cobardes poco numerosa, como me habían informado, sino tropas organizadas que podían competir con las mejores de S.M. el Rey».

Juan Crisóstomo Falcón

(Jueves, 27 de Enero de 1820)
Juan Crisóstomo Falcón
Juan Crisóstomo Falcón nació en Tabe, Jadacaquive, Península de Paraguaná, actual Estado Falcón, el 27 de enero de 1820. En el Colegio Nacional de Coro hizo sus estudios iniciales, completando el curso de Filosofía.
Su actividad militar comienza en 1848, cuando ocurre el llamado fusilamiento del Congreso. Falcón actúa en defensa del Presidente Monagas y contra Páez, que se ha lanzado en favor de la Constitución. En 1853 está en Coro como Comandante de la Plaza y en 1857 pasa a Barquisimeto con las mismas funciones.
Pero la entrada definitiva de Falcón en la historia nacional parte desde el momento en que estalla la llamadaRevolución Federal, en 1859. Ezequiel Zamora está en Coro y Falcón en Martinica, desde donde se embarca para invadir por Palmasola en julio de ese mismo año. De allí, después de una emotiva proclama, siguió para Yaracuy y comenzó una serie de triunfos que iban inflamando a toda Venezuela en este fuego Federal.
Aunque el verdadero eje, alma de la revolución era Zamora, a la muerte de éste, en la batalla de San Carlos, Falcón quedó como Jefe absoluto. Derrotado en la batalla de Coplé, tuvo que emigrar a Colombia y de allí siguió a las Antillas en busca de recursos. Hizo nuevos intentos hasta que en 1863 se firmó el Convenio de Coche, luego del cual fue electo Falcón Presidente Provisional de la República; a menos de un mes de haber llegado al poder, dictó un decreto de garantías y convocó a elecciones. El mismo resultó electo Presidente Constitucional; pero el odio a las intrigas le obligó a abandonar el mando en 1868.
Falcón visitó Estados Unidos y Europa, enriqueciendo su cultura. No quiso volver a participar en la política venezolana. Cuando triunfó la revolución acaudillada por Guzmán Blanco en 1870, Falcón había decidido regresar a la patria, pero al hacer escala en Martinica, por agravarse sus males, hubo de terminar allí su noble existencia, el 29 de abril de 1870, el mismo día en que Guzmán Blanco entraba triunfalmente en Caracas.
El congreso le había dado el título de Mariscal de la República. Por disposición de Guzmán Blanco, los restos mortales de Falcón fueron repatriados en 1874, y llevados al Panteón Nacional.
EL GOBIERNO DE FALCON
A raíz de la Guerra Federal subieron al poder los caudillos militares triunfantes. Como consecuencia del tratado de Coche, el Jefe Supremo de la Federación, General Juan Crisóstomo Falcón, fue nombrado Presidente Provisional y luego elegido Presidente Constitucional para el período 1865-69. Durante su gobierno se instaló la Asamblea Constituyente que promulgó la Constitución Federal de 1864. La nueva constitución estableció el sistema federal de autonomía de las provincias y dio a la República la denominación de Estados Unidos de Venezuela. Sin embargo, la autonomía consagrada en la constitución sólo sirvió para "convertir cada región de la República en feudo de los caudillos triunfantes"; y el poder nacional para entronizar tiranos y facilitar el enriquecimiento personal de los gobernantes a expensas de los dineros públicos. En realidad, los principios que habían servido de base al partido liberal y a la guerra federal, fueron traicionados en la manipulación de los tratados y arreglos entre caudillos, a través de los cuales llegó al poder un nuevo grupo oligárquico que siguió escamoteando al pueblo los derechos y reivindicaciones por los cuales luchaba.
Durante el gobierno de Falcón se acentuó el desorden en la administración pública. Para cubrir el déficit el nuevo gobierno autorizó la contratación de un empréstito de un millón y medio de libras esterlinas, poniendo en garantía los derechos de importación que se produjeran por las aduanas de La Guaira, Puerto Cabello, Maracaibo y Ciudad Bolívar. El encargado de la negociación fue el General Antonio Guzmán Blanco, segundo en la jerarquía federal. Después de la manipulación del contrato, que dejó cuantiosa suma a Guzmán, el gobierno recibió apenas unos dos millones de pesos y un compromiso de 20 millones para ser cancelados en 25 años con los escasos recursos de la República.
Falcón manejó los fondos públicos con desparpajo, dice Antonio Arraiz. Solía librar vales contra la tesorería para dar gratificaciones a sus amigos y partidarios y dádivas y subsidios a muchas personas que los pedían.
A los últimos expedía esos vales en cualquier pedazo de papel. El parasitismo y la mendicidad a costa del Estado se acentuaron con la Federación y se convirtieron en nuevos vicios de la política venezolana". El aprovechamiento de los dineros públicos para beneficio personal se hizo con el mayor descaro. Gran la parte del dinero proveniente del empréstito fue a parar a manos de los caudillos triunfantes, en calidad de indemnización y sueldos atrasados. Falcón recibió 150.000 pesos por este concepto; y en la misma forma recibieron su parte, cada uno de los generales, coroneles, comandantes y demás oficiales y tropas.
"Algunas de las recompensas decretadas son las siguientes al Mariscal le adjudicaron 48.000 pesos por razón de sus sueldos como Presidente Provisional de la Federación, en el lapso transcurrido entre su desembarco en Palmasola su entrada a Caracas, más 100.000 adicionales para indemnizarle de las pérdidas sufridas en sus propiedades por causa de la guerra; al General Sotillo: 40.000; los Generales José González y José Desiderio Trías, sendas cantidades de 25.000, siendo oportuno recordar que Trías fue muy favorecido por los Monagas, que le otorgaron concesiones de baldíos; a don Napoleón Sebastián Arteaga le correspondieron 20.000. Además, a los Generales en jefe, de División y de Brigada, a los coroneles, comandantes, capitanes, tenientes, subtenientes, sargentos y soldados se asignaron recompensas metálicas decrecientes desde 8.000 a los primeros hasta 100 pesos a los últimos."
Los dineros del empréstito, administrados en forma alegre, no podían evitar el deterioro de la situación del gobierno. Se aumentaron los derechos de importación y de exportación; se crearon empréstitos entre los comerciantes. El desfalco en las aduanas y el contrabando, alcanzaron niveles escandalosos. La situación fiscal llegó a tales extremos que en 1867 el ministro de Hacienda renunció porque no había dinero en la Tesorería y el año siguiente el Congreso se disolvió porque no había fondos con que pagarle.
LA REVOLUCION AZUL
Esta situación económica y el desbarajuste administrativo, provocaron un descontento general contra el gobierno, de Falcón. A fines de 1867 estalló en oriente la revolución "Reconquistadora", que tomó como divisa el color azul intermedio de la bandera, a diferencia del amarillo de los liberales y del rojo de los conservadores, con lo cual querían dar a entender que se proponían una especie de conciliación entre unos y otros. Esta revolución y el gobierno que de ella surgió, se conocen en la historia de Venezuela, como "gobierno y revolución azul". Pero los revolucionarios salían ahora de las propias filas de los federales, descontentos por el exclusivismo que según ellos era la norma de la política del gobierno de Falcón.
"La cuestión hoy, más que nunca -decían- es sólo de hombres. Los causantes de esta situación son los hombres del poder que formando un círculo estrecho y exclusivista, han hollado todas las leyes y desatendido cuantos medios de conciliación y progreso aconsejan la sana política y los principios liberales."
En marzo de 1868, el General José Tadeo Monagas se puso al frente del movimiento. Un mes después, Falcón renunció a la Presidencia e hizo que el Congreso eligiera para sucederle al General Manuel Ezequiel Bruzual. El 24 de junio las tropas revolucionarias llegaron a Caracas y después de tres días de combates, ocuparon la ciudad. Se formó un gobierno provisional presidido por Guillermo Tell Villegas, y el 26 de junio, Monagas entró triunfalmente en ella.
PROCLAMA DE PALMASOLA
A los Venezolanos
Al pisar el territorio, al aparecer sobre la escena de la revolución, siento la imprescindible necesidad de hablar a mis conciudadanos. Prefiero siempre ser conocido; que nadie se equivoque conmigo. La patria debe, además, saber por qué vengo y lo que traigo.
No soy, a ella le consta, un militar de cuartel que hace la guerra por oficio; como tal, la guerra me inspira horror y menosprecio el que la hace. Soy lo que todo hombre de conciencia que ciñe espada y lo que he sido desde que Venezuela me prestó la de su libertad: un ciudadano armado y nada más.
Que menos puedo ser un ambicioso tentado por la víbora del poder, para quien la reputación significa poco, con tal de mandar sin ella; uno de esos hombres que, prefiriendo el monótono placer del mando al honor y la fama, renuncian a un puesto en el panteón de la historia, donde vivir con nuestros nietos, donde vivir con la edad del mundo, donde vivir siempre; uno de esos ante cuyos ojos la patria es nada, porque su predominio personal lo absorbe todo; que ni aun me parezco a tales monstruos, que lo diga Venezuela... Mis propios enemigos, así, que lo digan también.
Tampoco soy yo quien trae la guerra; ésta existe, y existe declarada por la nación en masa contra los opresores, tiranos, que, audaces, se constituyeron mandatarios por derecho divino y que por deber infernal imponen a los pueblos el deber de obedecerlos. ¡Insensatos! ¡Cómo olvidan el coraje de los venezolanos!
Sí, la cuestión no es que las leyes que hagáis sean buenas o males; la cuestión es que el derecho de hacerlas no es vuestro, sino de la mayoría, porque en las repúblicas corresponde a aquéllas el ejercicio de todos los poderes sociales
He aquí la verdadera causa de la presente revolución, la misma de siempre: que los gobernantes empeñan una lucha temeraria con el pueblo disputándose su soberanía; le imponen sus comisarios; y como sería ignominioso que el soberano se sometiese a tanta iniquidad, no quedándole otro camino, ocurre a las armas para hacer valedera su voluntad Tal es el secreto de nuestras perennes agitaciones. La anarquía en que vivimos no es causa, sino efecto; la causa de las cuales, la causa madre de ésa; que el pueblo quiere, y no lo dejan elegir
Las violencias eleccionarias de 1846 engendraron el año de 1848 y todos los que les siguieron después. ¿Cómo dudar que las del Gobierno provisional de marzo habrían de precipitarnos nuevamente en la insurrección? Si se quería concluir con la guerra civil para siempre, debió respetarse el querer popular; la libertad eleccionaria es la paz de Venezuela.
Ved cómo escarmientan los pueblos a los que atentan contra su soberanía; apenas un año, y eso combatiendo, ha podido durar la obra de marzo, porque burló el voto de la revolución. Hubieran tenido sus conductores buena fe, y estaba conseguida la más bella ocasión de conciliar los partidos; extinguir los odios, desarmar la venganza y fundar una paz duradera, libre y honrada.
Para hoy la República sería una verdadera práctica, con derechos reales y positivas garantías para el ciudadano, con discusión tan libre y franca como es franca y libre la razón del hombre. Tendríamos pacto social y no las precauciones, reticencias y ambigüedades de una bandería con otra.
Los partidos políticos mismos, convertidos en doctrinarios y persuadidos de que la fuerza no es palanca de este siglo, habrían confiado ya a la razón todo lo que deben a la felicidad pública.
Pero la patria es inmortal. Si aquella feliz oportunidad se desaprovechó, no ha de negarnos el cielo otra en que probemos que somos dignos de que no nos abandone todavía.
De mí nadie puede dudar con justicia; mis palabras deben ser creídas. No he mentido cuando el interés podía seducirme. ¿Mentiría ahora que la verdad es mi gloria?
Venezuela tendrá elecciones libres, que es su grande empeño, como base de la República, y con ellas será lo que quiera ser.
Desde el 20 de febrero todo nos ha sido próspero; y, permitidme, compatriotas, hacer en este lugar una mención honrosa del bravo jefe que de una en otra victoria ha tenido la fortuna de pasear por la República la bandera estrellada de la Federación.
Salió Zamora de Coro, la heroica, con un puñado de valientes; atraviesa la tercera parte de nuestro territorio por entre un erizo de fuerzas enemigas; toca a las puertas de las capitales de todo el occidente, las visita casi todas ellas, y dondequiera que tropieza con el enemigo, lo vence y lo desarma.
A las trescientas leguas de marcha, la opinión le guardaba a Barinas como premio de tanto denuedo, de habilidad tanta. Allí crea un ejército, lo organiza, lo arma; y seguro de su inexpugnable y rica base de operaciones, prueba todo lo que se puede cuando se cuenta con la opinión y se tiene fe en los pueblos.
¡Viva el ejército de occidente como un modelo eterno para la posteridad! La patria debe también muchos recuerdos de gratitud al viejo soldado y las lanzas orientales que con nosotros lidian infatigables en favor de la causa popular.
Derramemos una lágrima sobre la tumba de los valientes de ambos ejércitos que no hayan sobrevivido a tanta gloria.
Para hoy la revolución tiene toda su fuerza material; yo creo traerle el complemento de su autoridad moral; ese que me han dado el favor de los pueblos y la aceptación de los jefes armados que hasta ahora acaudillan al ejército.
Con esta autoridad propóngome darle unidad y concierto a la campaña, al propio tiempo que ahorrar sangre generosa y conjurar futuros peligros. Ayudadme, compatriotas, todos.
Vamos a fundar la República. Contribuid todos al triunfo nacional y luego Venezuela dispondrá libremente de su suerte, como dueña absoluta de sí misma.
La sangre que ello cuesta dejémosla caer sólo sobre los que pretendan todavía bregar con la opinión pública, poniendo a los venezolanos en el duro trance de escoger entre la esclavitud y la insurrección.
Si tal sucede, la guerra queda justificada, y la posteridad bendecirá a los que la hacemos si, fieles, fundamos la libertad de la patria.
CONVENIO DE COCHE
"Pedro José Rojas, Secretario General del Jefe Supremo de la República y Antonio Guzmán Blanco, Secretario General del Presidente Provisorio de la Federación, con el objeto de realizar la pacificación del país, han celebrado el convenio siguiente:
1) Se convocará una Asamblea para el trigésimo día después de canjeada la ratificación de este convenio, o para antes, si fuere posible reunir el quórum correspondiente;
2) Esta Asamblea constará de ochenta miembros elegidos, la mitad por el Jefe Supremo de la República, y la otra mitad por el Presidente Provisorio de la Federación.
3) En el instante de reunirse la Asamblea, el Jefe Supremo entregará a ésta el mando de la República.
4) El primer acto de la Asamblea será el nombramiento del gobierno que ha de presidir la República mientras ésta se organiza.
5) Desde los días próximos a la reunión de la Asamblea, la ciudad de Valencia no tendrá más guarnición que una pequeña fuerza para cuidar del orden público, la mitad destinada por el Jefe Supremo, la otra mitad por el Presidente Provisorio de la Federación.
6) Cesan completamente las hostilidades, y no se puede ordenar ningún movimiento de tropas, ni reclutamiento, ni nada que indique preparativos de guerra.
7) Así el General Páez como el General Falcón emplearán sus respectivos ascendientes en calmar las pasiones agitadas por la guerra, y en que la situación que va a sobrevenir sea tan pacífica, libre y durable como lo necesita la patria para reponerse de sus quebrantos.