lunes, 3 de febrero de 2014

Resumen sucinto de la vida del General Sucre

Martes, 3 de Febrero de 1795)
Resumen sucinto de la vida del General Sucre
(ESCRITO POR EL LIBERTADOR)
«U. créame, General, nadie ama la gloria de U. tanto como yo. Jamás un Jefe ha tributado más gloria a un subalterno. Ahora mismo se está imprimiendo, una relación de la vida de U. hecha por mí; cumpliendo con mi conciencia le doy á U. cuanto merece. Esto lo digo para que vea que soy justo: desapruebo mucho lo que no me parece bien, al mismo tiempo que admiro lo que es sublime.»- Bolívar- Al General Sucre.- (Párrafo de carta del Libertador.- Lima: 21 de febrero de 1825).
El General Antonio José de Sucre nació en la ciudad de Cumaná, provincia de Venezuela, el 3 de Febrero de 1795, de padres ricos y distinguidos.
Recibió su primera educación en la capital de Caracas. En el año de 1802, principió sus estudios en Matemática para seguir la carrera de ingeniero. Empezada la revolución se dedicó a esta arma y mostró desde los primeros días una aplicación y una inteligencia que lo hicieron sobresalir entre sus compañeros. Muy pronto empezó la guerra, desde luego el General Sucre salió a campaña. Sirvió a las órdenes del General Miranda con distinción en los años 11 y 12. Cuando los Generales Mariño, Piar, Bermúdez y Valdez emprendieron la reconquista de su patria, en el año de 13, por la parte oriental, el joven Sucre les acompañó a una empresa la más atrevida y temeraria. Apenas un puñado de valientes, que no pasaban de ciento, intentaron y lograron la libertad de tres provincias. Sucre siempre se distinguía por su infatigable actividad, por su inteligencia y por su valor. En los célebre campos de Maturín y Cumaná se encontraba de ordinario al lado de los más audaces, rompiendo las filas enemigas, destrozando ejércitos contrarios con tres o cuatro compañías de voluntarios que componían todas nuestras fuerzas. La Grecia no ofrece prodigios mayores.
Quinientos paisanos armados, mandados por el intrépido Piar, destrozaron ocho mil españoles en tres combates en campo raso. El General Sucre era uno de los que se distinguían en medio de estos héroes.
El General Sucre sirvió al Estado Mayor General del Ejército de Oriente desde el año de 1814 hasta el de 1817, siempre con aquel celo, talento y conocimientos que los han distinguido tanto. El era el alma del ejército en que servía. Él metodizaba todo; él lo dirigía todo, más, con esa modestia, con esa gracia, con que hermosea cuanto ejecuta. En medio de las combustiones que necesariamente nacen de la guerra y de la revolución, el General Sucre se hallaba frecuentemente de mediador, de consejo, de guía, sin perder nunca de vista la buena causa y el buen camino. El era el azote del desorden y, sin embargo, el amigo de todos.
Su adhesión al Libertador y al Gobierno lo ponían a menudo en posiciones difíciles, cuando los partidos domésticos encendían los espíritus. El General Sucre quedaba en la tempestad semejante a una roca, combatida por las olas, clavando los ojos en la patria, en la justicia y sin perder, no obstante, el aprecio y el amor de los que combatía.
Después de la batalla de Boyacá, el General Sucre fue nombrado Jefe del Estado Mayor General Libertador, cuyo destino desempeñó con su asombrosa actividad. En esta capacidad, asociado al General Briceño y Coronel Pérez, negoció el armisticio y regularización de la guerra con el General Morillo el año de 1820. Este tratado es digno del alma del General Sucre: la benignidad, la clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron; él será eterno como el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra; el será eterno como el nombre del vencedor de Ayacucho.
Luego fue destinado desde Bogotá, a mandar la división de tropas que el Gobierno de Colombia puso a sus órdenes para auxiliar a Guayaquil que se había insurreccionado contra el Gobierno Español. Allí Sucre desplegó su genio conciliador, cortés, activo, audaz.
Dos derrotas consecutivas pusieron a Guayaquil al lado del abismo. Todo estaba perdido en aquella época: nadie esperaba salud, sino en un prodigio de la buena suerte. Pero el General Sucre se hallaba en Guayaquil, y bastaba su presencia para hacerlo todo. El pueblo deseaba librarse de la esclavitud: el General Sucre, pues, dirigió este noble deseo con acierto y con gloria. Triunfa en Yaguachi, y libró así a Guayaquil. Después un nuevo ejército se presentó en las puertas de esta misma ciudad, vencedor y muy fuerte. El General Sucre lo conjuró, lo rechazó sin combatir. Su política logró lo que sus armas no habrían alcanzado. La destreza del General Sucre obtuvo un armisticio del General español, que en realidad era una victoria. Gran parte de la batalla de Pichincha se debe a esta hábil negociación; porque sin ella, aquella célebre joranda no habría tenido lugar, todo habría sucumbido entonces, no teniendo a su disposición el General Sucre medios de resistencia.
El General Sucre formó, en fin, un ejército respetable durante aquel armisticio con las tropas que levantó en el país, las que recibió del Gobierno de Colombia y con la división del General Santa Cruz que obtuvo del Protector del Perú, por resultado de su incansable perseverancia en solicitar por todas partes enemigos a los españoles poseedores de Quito.
La Campaña terminó la guerra del Sur de Colombia, fue dirigida y mandada en persona por el General Sucre; en ella mostró sus talentos y virtudes militares; superó dificultades que parecían invencibles; la naturaleza le ofrecía obstáculos, privaciones y penas durísimas: mas a todo sabía remediar su genio fecundo. La batalla de Pichincha consumó la obra de su celo, de su sagacidad y de su valor. Entonces fue nombrado, en premio de sus servicios, general de división e Intendente del Departamento de Quito. Aquellos pueblos veían en él su Libertador, su amigo; se mostraban más satisfechos del jefe que les era destinado, que de la libertad misma que recibían en sus manos. El bien dura poco, bien pronto lo perdieron.
La pertinaz ciudad de Pasto se subleva poco después de la capitulación que les concedió el Libertador, con una generosidad sin ejemplo en la guerra. La de Ayacucho, que acabamos de ver con asombro, no le era comparable. Sin embargo, este pueblo ingrato y pérfido obligó al General Sucre a marchar contra él, a la cabeza de unos batallones y escuadrones de la guardia colombiana. Los abismos, los torrentes, los escarpados precipicios de Pasto fueron franqueados por los invencibles de Colombia. El General Sucre los guiaba, y Pasto fue nuevamente reducido al deber.
El General Sucre, bien pronto, fue destinado a una doble misión militar y diplomática cerca de este gobierno, cuyo objeto era hallarse al lado del Presidente de la República para intervenir en la ejecución de las operaciones de las tropas colombianas auxiliares del Perú. Apenas llegó a esta capital, que el gobierno del Perú le instó, repetida y fuertemente, para que tomase el mando del ejercito unido; él se denegó a ello, siguiente su deber y su propia moderación hasta que la aproximación del enemigo con fuerzas muy superiores convirtió la aceptación del mando en una honrosa obligación.
Todo estaba en desorden: todo iba a sucumbir sin un jefe militar que pusiese en defensa la plaza del Callao, con las fuerzas que ocupaban la capital. El General Sucre tomó, a su pesar, el mando.
El Congreso, que había sido ultrajado por el Presidente Riva-Agüero, depuso a este magistrado luego que entró en el Callao, y autorizó al General Sucre para que obrase militar y políticamente como Jefe Supremo. Las circunstancias eran terribles, urgentísimas: no había que vacilar, sino obrar con decisión.
El General Sucre renunció, sin embargo, el mando que le confería el Congreso, el que siempre insistía con mayor ardor en el mismo empeño, como que era el único hombre que podía salvar la patria en aquel conflicto tan tremendo. El Callao encerraba la caja de Pandora, y al mismo tiempo era el caos. El enemigo estaba a las puertas con fuerzas dobles: la plaza no estaba preparada para un sitio: los cuerpos del ejército que la guarnecían eran de diferentes estados, de diferentes partidos; el Congreso y el Poder Ejecutivo luchaban de mano armada; todo el mundo mandaba en aquel lugar de confusión, y al parecer el General Sucre era responsable de todo. El, pues, tomó la resolución de defender la plaza, con tal que las autoridades supremas la evacuasen, como ya se había determinado de antemano por parte del Congreso y del Poder Ejecutivo. Aconsejó a ambos cuerpos que se entendiesen y transigiesen sus diferencias en Trujillo, que era el lugar designado para su residencia.
El General Sucre tenía ordenes positivas de su Gobierno de sostener al Perú, pero de abstenerse de interferir en sus diferencias intestinas; esta fue su conducta invariable, observando religiosamente sus instrucciones. Por lo mismo, ambos partidos se quejaban de indiferencia, de indolencia, de apatía por parte del General de Colombia, que si habia tomado el mando militar había sido con suma repugnancia y sólo por complacer a las autoridades peruanas; pero bien resuelto a no ejercer otro mando que el estrictamente militar. Tal fue su comportamiento en medio de tan díficiles circunstancias. El Perú puede decir si la verdad dicta estas líneas.
Las operaciones del General Santa Cruz en el alto Perú habían empezado con buen suceso y esperanzas probables. El General Sucre había recibido órdenes de embarcarse con cuatro mil hombres de las tropas aliadas hacia aquella parte. En efecto dirige su marcha con tres mil colombianos y chilenos; desembarca en el puerto de Quilca, y toma la ciudad de Arequipa. Abre sus comunicaciones con el General Santa Cruz que se hallaba en el Alto Perú; a pesar de no recibir demanda alguna de dicho General, de auxilios, dispone todo para obrar inmediatamente contra el enemigo común. Sus tropas habían llegado muy estropeadas, como todas las que hacen la misma navegación; los caballo y bagajes, había costado una inmensa dificultad obtenerlos; las tropas de Chile se hallaban desnudas, y debieron vestirse antes de emprender una campaña rigurosa. Sin embargo, todo se ejecutó en pocas semanas. Ya la división del General Sucre había recibido parte del General Santa Cruz, que la llamaba en su auxilio, y algunas horas después de la recepción de este parte estaba en marcha, cuando se recibió el triste anuncio de la disolución de la mayor parte de la división peruana en las inmediaciones del Desaguadero. Por entonces todo cambia de aspecto. Era, pues, indispensable mudar el plan. El General Sucre tuvo una entrevista con el General Santa Cruz en Monquegua, y allí combinaron sus ulteriores operaciones. La división que mandaba el General Sucre vino a Pisco y de allí pasó, por orden del Libertador, a Supe para oponerse a los planes de Riva-Agüero que obraba de concierto con los españoles.
En estas circunstancias el General Sucre instó al Libertador porque le permitiese ir a tomar el valle de Jauja con las tropas de Colombia, para oponerse allí al General Canterac, que venía del Sur. Riva-Agüero había ofrecido cooperar a esta maniobra más su perfidia pretendía engañarnos. Su intento de dilatarla hasta que llegasen los españoles, sus auxiliares. Tan miserable treta no podía alucinar al Libertador, que la había previsto con anticipación, o más bien la conocía por documentos interceptados de los traidores y de los enemigos.
El General Sucre dio en aquel momento un brillante testimonio de su carácter generoso. Riva-Agüero lo había calumniado atrozmente: lo suponía autor de los decretos del Congreso; el agente de la ambición del Libertador; el instrumento de su ruina. No obstante esto, Sucre ruega encarecida y ardientemente al Libertador, para que no lo emplee en la campaña contra Riva-Agüero, no aún como simple soldado; apenas se pudo conseguir de él, que siguiese como un espectador y no como un jefe del ejército unido; su resistencia era absoluta. El decía que de ningún modo convenía la intervención de los auxiliares en aquella lucha, e infinitamente menos la suya propia, porque se le suponía enemigo personal de Riva-Agüero y competidor al mando. El Libertador cedió con infinito sentimiento, según se dijo, a los vehementes clamores del General Sucre. El tomó en persona el mando del ejército, hasta que el general La Fuente por su noble resolución de ahogar la traición de su jefe, y la guerra civil de su patria, prendió a Riva-Agüero y sus cómplices. Entonces el General Sucre volvió a tomar el mando del ejército; lo acantonó en la Provincia de Huailas, donde se le ordenó; y allí su economía desplegó todos sus recursos para mantener con comodida y agrado a las tropas de Colombia. Hasta entonces aquel departamento había producido muy poco, o nada al Estado. Sin embargo el General Sucre establece el orden más estricto para la subsistencia del ejército, conciliando, a la vez, el sacrificio de los pueblos, y disminuyendo el dolor de las exacciones militares con su inagotable bondad y con su infinita dulzura. Así fue que el pueblo y el ejército se encontraron tan bien cuanto las circunstancias lo permitían.
Sucre tuvo órdenes de hacer un reconocimiento de la frontera, como lo efectuó con el esmero que acostumbra, y dictó además aquellas providencias preparatorias que debían servirnos para realizar la próxima campaña.
Cuando la traición del Callao y de Torre-Tagle llamaron los enemigos a Lima, el General Sucre recibió órdenes de contrarrestar el complicado sistema de maquinaciones pérfidas que se extendió en todo el territorio contra la libertad del país, la gloria del Libertador, y el honor de los colombianos. El General Sucre combatió con suceso a todos los adversarios de la buena causa; escribió con sus manos resmas de papel para impugnar a los enemigos del Perú y de la libertad; para sostener a los buenos, y para confortar a los que comenzaban a desfallecer por los prestigios del error triunfante. El General Sucre escribía a sus amigos que más interés había tomado por la causa del Perú, que por la que fuese propia o perteneciese a su familia. Jamás había desplegado un celo tan infatigable; más sus servicios no se vieron burlados: ellos lograron retener en la causa de la patria, a muchos que la habrían abandonado sin el empeño generoso de Sucre. Este General tomó al mismo tiempo a su cargo la dirección de los preparativos que produjeron el efecto maravilloso de llevar el ejército al valle del Jauja por encima de los Andes, helados y desiertos. El ejército recibió todos los auxilios necesarios debidos, sin duda, tanto a los pueblos peruanos que los presentaban como al jefe que los había ordenado tan oportuna y discretamente.
El General Sucre después de la acción de Junín se consagró de nuevo a la mejora y alivio del ejército. Los hospitales fueron provistos por él, y los piquetes que venían de alta al ejército, eran auxiliados por el mismo General; estos cuidados dieron al ejército dos mil hombres, que quizás habrían perecido en la miseria sin el esmero del que consagra sus desvelos a tan piadoso servicio. Para el General Sucre todo sacrificio por la humanidad y por la patria, le parece glorioso. Ninguna atención bondadosa es indigna de su corazón: él es el general del soldado.
Cuando el Libertador lo dejó encargado de conducir la campaña durante el invierno que entraba, el General Sucre desplegó todos los talentos superiores que lo habían conducido a obtener la más brillante campaña de cuantas forman la gloria de los hijos del nuevo mundo. La marcha del ejército unido desde la Provincia de Cotabamba hasta Huamanga, es una operación insigne, comparable quizá a lo más grande que presenta la historia militar. Nuestro ejército era inferior en mitad al enemigo, que poseía infinitas ventajas materiales sobre el nuestro. Nosotros nos veíamos forzados a desfilar sobre riscos, gargantas, ríos, cumbres, abismos, siempre en presencia de un ejército enemigo y siempre superior. Esta corta, pero terrible campaña, tiene un mérito que todavía no es bien conocido en su ejecución: ella merece un Cesar que la describa.
La Batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana, y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta, y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años, y a un enemigo perfectamente constituido y hábilmente mandado. Ayacucho es la desesperación de nuestros enemigos. Ayacucho semejante a Waterloo, que decidió del destino de Europa, ha fijado la suerte de las naciones americanas. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla, y contemplarla sentada en el trono de la libertad, dictando a los americanos el ejercicio de sus derechos, y el imperio sagrado de la naturaleza.
El General Sucre es el Padre de Ayacucho: es el redentor de los hijos del Sol; es el que ha roto las cadenas con que envolvió Pizarro el imperio de los Incas. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco-Capac y contemplando las cadenas del Perú rotas por su espada.
Lima 1825.
HOJA DE SERVICIOS DEL GENERAL ANTONIO JOSE DE SUCRE

GRADOS MILITARES QUE OBTUVO
Nombre de los Grados:
Quién se lo acordó:
Dónde se los acordaron: Fechas
Oficial de Milicias regladas (1) La Junta Suprema de CumanáEn Cumaná 12 de julio de 1810
Comandante de ingenierosLa Junta Suprema de CaracasEn Caracas 1810
Teniente CoronelEl General MariñoEn Güiria enero de 1813
CoronelEl LibertadorEn Guayana 1817
General de BrigadaEl Dr. Zea, Vicepte. de ColombiaEn Angostura 1819
General de DivisiónEl LibertadorEn Quito 18 de junio de 1822
Gran Mariscal (2)El -------------En Lima 26 de diciembre de 1824
General en Jefe de la R. de Colombia.El Congreso de ColombiaEn Bogotá 14 de febrero de 1825
(1): Hizo sus estudios matemáticos en Cumaná, bajo la dirección del ingeniero Don Juan Pirez.
(2): El Congreso Peruano el 12 de febrero de 1825, lo hizo Gran Mariscal de Ayacucho.
EMPLEOS MILITARES QUE EJERCIO
Nombre de los empleos:
Quién se los acordó:
Dónde se los dieron - fechas:
Comandante de ingenieros en BarcelonaLa Junta Suprema de VenezuelaEn Caracas – 1810
Ayudante del Generalísimo F. MirandaEl Generalísimo Francisco Miranda- Valencia – 1811
Jefe de un batallón de infantería- General Santiago Mariño- Güiria, enero – 1813
--------- zapadores------- Cumaná, agosto – 1813
Ayudante del General S. Mariño------- Oriente, febrero – 1814
Jefe de E. M. del Ejército de Oriente- Libertador- El Centro, abril – 1814
Jefe de un Batallón en Oriente- General Santiago Mariño- Oriente – 1816
Jefe militar del Bajo Orinoco- Libertador- Guayana – 1817
Jefe de E. M. del Ejército de Oriente------- Octubre – 1817
Jefe al servicio en Oriente y Guayana------- - - 1819
Jefe de E. M. G. del Ejército Libertador------Sabanalarga (Trujillo) Nb. – 1820
Jefe del Ejército del Sur de Colombia------En Bogotá, 11 enero – 1821
Comandante Gral. del Dpto. de Quito------- Quito, 18 junio – 1822
Jefe del Ejército unido de Colombia y Perú- Gobierno del Perú- Lima, 30 mayo – 1823
- Libertador del Perú- Libertador- Lima – 1825
Jefe militar de los Dpmtos. del Perú------- - 1825
Jefe del Ejército colombiano (cuando Tarquí)-------- Bogotá - 1828.
 

domingo, 2 de febrero de 2014

NOTAS BICENTENARIAS Ing. José Ubaldo García. Boconó, Edo. Trujillo, Noviembre 2013 Teléfono 0414-7484364 GGCHACARO@HOTMAIL.COM

San Gerónimo de Guayabal

            Después de la batalla de Mosquiteros en Octubre de 1813, en la que el intrépido Juan Vicente Campo Elías acabó con las pretensiones de José Tomás Rodríguez (Boves), ocurrió la eliminación física de todos los prisioneros capturados y la tropa republicana entró triunfante a la ciudad de Calabozo en donde se estableció una guarnición para mantener la hegemonía patriota en esta región que había sido baluarte importante para los sediciosos que participaban a favor de las banderas del Rey.

            El terrible Boves escapa con muy pocos de sus hombres y se mueve por las sabanas hacia el sur en busca del pueblo de Guayabal, en donde establece su centro de operaciones para la recuperación de sus fuerzas. En aquella región existían las misiones establecidas en el siglo anterior  con el nombre de San Gerónimo de Guayabal y según algunos historiadores era un sitio para el refugio de criminales, ladrones y hombres buscados por la ley, ubicado en la orilla oriental del Río Guárico, que para entonces tenía cierto renombre por el hecho de que sus habitantes se libraban del brazo secular; es decir que los misioneros y sacerdotes no vivían sujetos a votos religiosos o monásticos, y por lo tanto eran permisivos con los feligreses que llegaban por aquellos mundos. Según las palabras de Francisco Herrera Luque en su obra “El Urogallo”, en aquel pueblo existían frailes que tenían sus propios reglamentos para evaluar a sus acólitos y permitían todos los extremos en cuanto a las relaciones personales, comerciales y religiosas. San Gerónimo fue un hombre que nació en la región Croata de Dalmacia por el año 347 de la era cristiana y al contrario de ser un desalmado opuesto a las normas legales, vivió en las regiones del medio oriente estudiando sobre los orígenes bíblicos y haciendo penitencia en el desierto hasta que murió en Belén a los 73 años de edad. El patronato de San Gerónimo no se corresponde para nada a lo que ocurría por aquellos años en la independencia venezolana en la población de Guayabal del hoy estado Guárico, según Alejandro Humboldt en su libro “Viajes a las Regiones Equinocciales”, cuando visitó esta población llanera dice que sus habitantes eran afectos al Rey y muy influenciados por su condición de vivir en dependencia con misioneros que siempre fueron hombres de origen español.

            Por los meses de Septiembre y Octubre el río Apure, el Río Guárico y todos sus afluentes traen sus aguas con las mayores crecidas del año y el español José Tomás Boves se dedicó bajo aquellos cielos a recopilar todos los recursos de tropa y de boca para los venideros meses. Envía a su Lugarteniente José Tomás Morales para Angostura con un cargamento de mulas que van por navegación a nombre del Comandante Cajigal para ser cambiadas por fusiles, municiones, pólvora y vestidos para los miles de hombres que llegan todos los días hasta los campamentos realistas. El reagrupamiento de soldados y llaneros que buscan las querencias del “TAITA” parece obra de un milagro y ante las expectativas de los pardos, negros y mulatos, surge la esperanza de triunfar ante los mantuanos propietarios, para ser por primera vez dueños de un pedazo de tierra donde trabajar y morir.

            El líder Boves comparte con la gente todos sus momentos, es un gran jinete y compite con los llaneros en la recogida de ganado, se mueve rápido en las aguas infestadas de caimanes y no le tiene miedo a los potros cerreros, a los que amansa con facilidad; así como mantiene la dominancia sobre los que llegan para ser soldados y la fuerza para castigar sin escrúpulos a los que se fugan, ó a los que participan en acciones de traición y espionaje para sus enemigos. Don Vicente Lecuna el gran historiador dice que “desgraciadamente no se conserva ninguna de sus proclamas”, sin embargo se conoció una “orden” escrita por Tomás Pérez Tenreiro en uno de sus libros que dice lo siguiente: “Don Josef Tomás Boves, Comandante en Gefe del exercito de Barlovento, por la presente doy comisión al Capitán Josef Rufino Torralba para que pueda reunir quanta gente sea útil para el servicio, y puesto a la cabeza de ella, pueda perseguir a todo traidor y castigarlo con el último suplicio; en la inteligencia que solo un creo se le dará para que encomiende su alma al Criador”.

            El caudillo español toca a la gente del llano en lo más hondo de su ser; ofrece las tierras para quien las trabaje y la libertad para los esclavos que se opongan a sus amos. Declaró la muerte para todos los blancos y la repartición de todos los bienes para aquellos que eran sus esclavos y trabajadores. Según informe de la época “hizo matar en Calabozo a 87 blancos que pudo aprehender y dejo lista de otros 32 para el mismo efecto y orden para su Comandante para que hiciese matar a todo hombre y que las mujeres blancas de Calabozo fueran remitidas a la isla de Arichuna, repartiendo las casas y los bienes de los muertos y de las desterradas entre los pardos y dándoles papeletas de propiedad”.

            Dos meses tardo la preparación de aquel ejército realista; entrenamiento de hombres para el uso de las armas, acopio de recursos de boca, confección de vestidos, amansamiento de caballos, disposición de postas y espías para las avanzadas, arreglo de fusiles y construcción de armas blancas y principalmente de lanzas. Dicen que hasta las ventanas de las casas de aquellas poblaciones fueron arrancadas para alimentar las fraguas y darle sonido a los yunques en el afán por armar a tantos voluntarios que aparecían por todos los caminos de la llanura. El 10 de Diciembre de 1813 Boves arroyo a la tropa republicana en el paso de San Marcos en Calabozo y mato a todos sus hombres. Murieron 900 patriotas incluyendo a los oficiales Carlos Padrón, Pedro Castillo y el Coronel Pedro Aldao.

Nota:  La población de Guayabal del Estado Guárico es capital del Municipio San Gerónimo, tiene 22 mil habitantes, está ubicada en la margen izquierda del Río Guárico y dista 137 km a Calabozo y 14 km a San Fernando de Apure.

Ing. José Ubaldo García
Boconó  Edo. Trujillo, Noviembre 2013

NOTAS BICENTENARIAS Ing. José Ubaldo García. Boconó, Edo. Trujillo, Noviembre 2013 Teléfono 0414-7484364 GGCHACARO@HOTMAIL.COM

 Batalla de Vigirima      

     Después de la derrota de los patriotas en Barquisimeto el 10 de Noviembre de 1813, El Libertador prepara las acciones para neutralizar el avance de las tropas del Rey y se mueve incesantemente entre San Carlos y Valencia haciendo acopio de recursos y recluta de hombres para la defensa. Llama al vencedor Juan Vicente Campo Elías para que venga hacia San Carlos y deja en calabozo al frente de las tropas el Coronel Pedro Aldao, solicita refuerzos a su trio político el General José Félix Ribas, quien se encuentra gobernando la ciudad capital y retira las tropas encargadas del sitio a Puerto cabello para movilizar todos los cuerpos con destino hacia San Carlos.

            Barinas ha sido tomada por el sanguinario José Yáñez, y las fuerzas realistas siguen hasta Guanare con intenciones de juntarse con el Coronel Ceballos quien se ha hecho fuerte en Barquisimeto, en tanto que el Comandante Salomón que ha sido encargado por Monteverde de la jefatura de la tropa española en Puerto Cabello, se siente libre del asedio y dispone de sus hombres con la intención de pasar a la ofensiva en la guerra por la recuperación del poder para la monarquía.

            Las piezas se mueven sobre el tablero Centro Occidental de Venezuela y cada vez son más las dificultades que encuentran el Libertador en su afán de romper definitivamente las cadenas que oprimen a Venezuela desde hace 300 años, las acciones se suceden día tras día en los diferentes puntos y los ejércitos de lado y lado se espían y se capturan prisioneros que van indicando los movimientos y estrategias.

            El Español Don Manuel Salomón salió del Castillo el 20 de Noviembre y en lugar de moverse hacia Barquisimeto por el camino de San Felipe, se dirige al centro del país y de nuevo intentan tomar la ciudad de Valencia, el día 22 de Noviembre las tropas del rey se instalaron en las estribaciones de Vigirima, amenazando a la población de Guacára, camino obligado en las comunicaciones con el centro. José Félix Ribas que viene de Caracas con los 700 hombres de refuerzo, enfrenta las avanzadas realistas y espera la ayuda que trae el Coronel Luciano D´elhuyar y más tarde el propio Bolívar se junta a la resistencia para desalojar a los intrusos de tan importantes lugares. La llamada Batalla de Virigima duró tres días; el 23 de Noviembre de 1813 al medio día se inició el ataque patriota con unos 2300 soldados, quienes poniendo la vida de por medio fueron avanzando hasta desalojar del campo a los realistas y el 25 de Noviembre coronar las alturas, con la que Salomón se vió en la obligación de retirarse abandonando heridos y armamento, para ir de nuevo a su encierro entre los muros del castillo de San Felipe en Puerto cabello.

            La falta de experiencia y táctica de estas tropas españolas desperdiciaron en aquellos días, la gran oportunidad de juntar todas sus fuerzas. Si el movimiento de Salomón se hubiera dado hacia el Occidente, es decir por la vía de Yaritagua a Barquisimeto para el encuentro con el Coronel Ceballos, tal vez otros serían los acontecimientos, y la posterior alianza con José Yáñez habría preparado un ejército que en número y calidad, hubiese marchado sin encontrar ninguna fuerza que obstaculizara el accionar de los españoles por acabar con los revolucionarios venezolanos. El descalabro de Don Manuel Salomón, inyectó nuevos bríos a los republicanos que se movieron hacia San Carlos para organizar la pelea en contra de los líderes Ceballos y Yáñez, quienes ya habían juntado sus gentes y sus caballadas. Para los próximos días se prevén otros movimientos en el ajedrez de la guerra; los españoles acarrean municiones y descansan en las cercanías de Araure, un valle que es encrucijada de los caminos de los llanos, el centro y las regiones del Tocuyo y los Andes, mientras que Bolívar y sus oficiales apuran sus batallones para la reunión de San Carlos y ejercitan a los hombres, que en cuerpo y alma irán a las luchas venideras, pensando en la independencia y en la igualdad que prometen todos aquellos sacrificios.

Nota:

-       El Coronel Pedro Aldao fue un soldado español que se alió a las tropas republicanas, quedó al mando de un batallón para proteger a la población de Calabozo después de la salida de su jefe el Comandante Vicente Campo Elías. El día 08 de Diciembre de 1813 fue atacado por José Tomás Boves quien venía repuesto de sus derrotas, al frente de 2000 llaneros y en las afueras de la ciudad en el lugar llamado el paso de San Marcos se entabló la batalla, en la que los patriotas fueron arroyados completamente, muriendo el Coronel Aldao y todos sus hombres, era el inicio de la venganza de Boves y Morales, dos hombres que marcaron con sangre las páginas de la gesta independentista y a quienes algunos escritores han llamado “El azote del Cielo”.

-       El Canario Domingo Monteverde por aquellos días permanecía herido en las fortalezas de Puerto cabello y entregó el mando usurpado en el año anterior, para retirarse hacia Puerto Rico y posteriormente a España.



Ing. José Ubaldo García

Boconó Edo. Trujillo, Noviembre 2013

Primera Expedición de Miranda

(Domingo, 2 de Febrero de 1806)
Primera Expedición de Miranda
Con una tripulación abigarrada, formada por vagos y maleantes de los muelles de Nueva York, norteamericanos, austríacos, franceses, polacos, etc., sale Miranda con su expedición el 2 de febrero con destino a las costas de 1806, y el honroso objetivo de conquistar su libertad.
A bordo del Leandro, Miranda enarbola por primera vez la bandera venezolana: amarillo, azul y rojo. Hace que todos aquellos «soldados» juren fidelidad a esa bandera y al libre pueblo de Sudamérica.
Parecen cosas propias de un soñador, de un verdadero iluso.
El barco era de doscientas toneladas y tenía 18 cañones. Miranda se había apertrechado con 1.500 fusiles, 50 rifles, 300 pares de pistolas, doscientas espadas, 40 cañones, municiones en abundancia para los cañones y los fusiles, 150 barriles de pólvora, unas cinco mil lanzas, vestuarios de tropa y de oficiales, etc. También se cuidó el Precursor de incluir una imprenta, en la que imprimió las proclamas que enviaría a tierra firme.
Como la expedición no se había preparado en absoluto secreto, las autoridades diplomáticas de España en los Estados Unidos se han dado cuenta y han informado al Gobierno de Venezuela que Miranda se dirige a sus costas con el Leandro y dos goletas más: Bachus y Bee, que han sido contratadas en Haití.
MOVIMIENTOS PRECURSORES DE LA INDEPENDENCIA
Los intentos revolucionarios de Francisco de Miranda. Francisco de Miranda, Precursor de la Independencia americana, concibió la idea de independizar a Venezuela y a toda la América Española y formar con ella una sola nación con el nombre de Colombeia. Esta idea de la unidad de Hispanoamérica en un solo Estado está contenida en un proyecto constitucional elaborado por Miranda en 1790 y presentado al gobierno inglés, cuya ayuda buscaba el Precursor. El contenido principal del proyecto mirandino es el siguiente:
1. Independizar las colonias españolas y reunirlas en una sola nación que recibiría el nombre de Colombeia (Colombia), en honor al descubridor del Nuevo Mundo.
2. Esta nación tendría un gobierno monárquico, presidido por un emperador o Inca (Incanato), de carácter hereditario.
3. Habría un congreso constituido por una cámara de senadores o caciques vitalicios, y una cámara baja o de los comunes, elegida cada cinco años por los ciudadanos del imperio.
4. El poder judicial estaría en manos dé magistrados vitalicios, nombrados por el Inca.
5. Dos censores, elegidos por el pueblo y confirmados por el Inca, tendrían a su cargo vigilar la conducta de los funcionarios, las costumbres de los ciudadanos y la educación de la juventud. Los ediles, nombrados por el senado y confirmados por el Inca, se encargarían de la construcción de caminos, puertos, canales, parques, etc. Los cuestores, nombrados por la cámara de los comunes, velarían por las finanzas del imperio.
El proyecto de Miranda se inspiraba en la constitución inglesa y también en instituciones de la antigua Roma. Todo lo cual aparece en muchos casos bajo la denominación de vocablos indígenas, con lo cual se acentúa su intención hispanoamericanista. Sus ideas organizativas ejercieron influencia en El Libertador, aun cuando éste se apartó en varios aspectos de la concepción mirandina.
Miranda fue, pues, Precursor de la idea de independencia y Precursor de la unificación de los países hispanoamericanos.
Las expediciones de Miranda y sus resultados: Después de haber participado en la guerra de independencia de los Estados Unidos, y en la Revolución Francesa, Miranda se dedicó a buscar ayuda para la independencia de las colonias españolas. Su plan consistía en destituir a las autoridades coloniales, poner interinamente el gobierno en manos de los cabildos y luego dar los pasos necesarios para el establecimiento de un gobierno general y permanente, con acuerdo de toda la nación".
En 1806, después de quince años de esfuerzos en favor de estos propósitos, Miranda obtuvo ayuda de Inglaterra y organizó una expedición que zarpó de Nueva York trayendo 200 hombres, entre jefes, oficiales y soldados; tres barcos y buena cantidad de armas y municiones. Se dirigió a las costas de Ocumare; pero no pudo desembarcar porque los buques españoles que patrullaban las aguas, avisados del intento de Miranda, le salieron al encuentro, y en el combate que se produjo, los revolucionarios perdieron dos embarcaciones, y Miranda apenas pudo escapar en la otra nave a las Antillas. Cincuenta y ocho expedicionarios cayeron en manos de las autoridades, diez fueron condenados a la horca, y cuarenta y ocho a presidio. Los ajusticiados sufrieron la horrible sentencia con que los españoles castigaban a quienes atentaban contra el orden colonial. Sus cuerpos fueron descuartizados y sus partes exhibidas para escarmiento en La Guaira, Caracas, Ocumare y Puerto Cabello. La efigie de Miranda fue quemada públicamente, y su cabeza puesta a precio, y declarado por la Inquisición enemigo de Dios y del Rey.
Poco después, Miranda se encontraba en Trinidad, donde con la ayuda del gobernador inglés preparó una segunda expedición de más de 400 hombres, con los cuales desembarcó en las costas de Coro el 3 de agosto de 1806. Tomó el puerto de La Vela y marchó sobre Coro, que ocupó sin resistencia enemiga. Las autoridades españolas habían ordenado la evacuación de la ciudad, y Miranda se encontró con sus solas fuerzas, sin enemigos a quienes combatir ni amigos que se sumaran a su empresa. Tampoco intentó adentrarse en el territorio en busca de los enemigos. Por el contrario, regresó a La Vela y poco después se reembarcó para las Antillas, convencido del fracaso de su intento y de la indiferencia del pueblo frente a la independencia. En diciembre de 1807 pasó a Estados Unidos y poco después volvió a Inglaterra, donde permaneció hasta 1810, año en que regresó a Venezuela y se incorporó al movimiento revolucionario iniciado el 19 de abril de aquel año.
Causas del fracaso de Miranda: El fracaso de Miranda revela su error de creer que se podía alcanzar la independencia con la sola ayuda extranjera, sin tomar en cuenta al propio pueblo, sin cuya participación habría sido imposible el éxito. La ausencia de Miranda durante más de cuarenta años, su falta de contacto con los sectores sociales que pudieron haberlo ayudado en su intento, y la habilidad de sus enemigos en hacerlo aparecer como agente inglés, determinaron su fracaso. La oligarquía criolla desconfiaba de Miranda; temía que los propósitos del Precursor fueran los de cambiar una dominación por otra. Además, no veían con buenos ojos que el movimiento de independencia estuviera dirigido por Miranda, a quien no consideraban como un elemento de su clase. Esta actitud de la nobleza criolla constituyó una de las causas del fracaso, pues era la única clase social que podía intervenir con éxito en un movimiento de tal magnitud. Pero la nobleza quería intentarlo a su manera y bajo su propia dirección. Así va a ocurrir pocos años después cuando se inició la emancipación definitiva.
En cuanto a los demás sectores sociales, particularmente los pardos, nada sabían de los verdaderos propósitos del Precursor, y seguían la propaganda de las autoridades coloniales, que pintaban a Miranda como agente extranjero, enemigo del Rey y de la Iglesia.
La independencia de Venezuela no iba a lograrse con un golpe de suerte. La mayoría de nuestros historiadores señalan como causa del fracaso de Miranda su falta de decisión para internarse tierra adentro y hacer la guerra a los españoles; y a su falsa creencia de que al anunciar sus propósitos mucha gente se uniría a sus banderas. Claro está que todo esto influyó; pero no fue la causa principal. La independencia sufrió muchos fracasos por la falta de unidad del pueblo venezolano en la lucha por la independencia nacional. El de Miranda fue un fracaso más, como el de Gual y España, el de 1812, el de 1814, y como muchos otros que hubo de sufrir la causa de la patria antes de alcanzar su triunfo definitivo en 1821.

sábado, 1 de febrero de 2014

Nace Cecilio Acosta (01-02-1818)

(Domingo, 1 de Febrero de 1818)
Nace Cecilio Acosta (01-02-1818)
La infancia de Cecilio Acosta transcurre en San Diego de los Altos (Edo. Miranda), aldea donde nace y vive hasta los trece años. Las primeras enseñanzas las recibe del Pbro. Mariano Fernández Fortique (1790-1866), párroco del lugar. La muerte prematura del padre de Acosta hace de la madre, dolía Margarita Revete Martínez, el centro del hogar. De un hogar extremadamente pobre, donde sobra el afecto y el estímulo para la superación.
Influido por su mentor, Acosta se encamina hacia el Seminario. En él permanece entre 1831 y 1840. Adquiere conocimientos de teología, religión, historia sagrada y latín. Lee a grandes pensadores y poetas de la Iglesia: Santo Tomás, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de Granada.
Hacia 1839 asoma en Acosta una profunda crisis vocacional. Al año siguiente abandona el Seminario. Se inscribe en la Academia de Matemáticas fundada por Juan Manuel Cajigal (1803-1856), y obtiene el diploma de Agrimensor (1840).
En setiembre de aquel año, asiste a la Facultad de Derecho de la Universidad Central. Al cabo de una lucha bizarra contra la estrechez económica y su endeble salud, recibe el título de Abogado (1848).
Siendo estudiante, divulga sus primeros escritos en periódicos caraqueños. Desde entonces escribe con frecuencia. La hoja del diario es uno de los medios que más utiliza para comunicar sus ideas. Deja constancia del aprecio que tiene por el periódico, o "el libro del pueblo", como él lo llama.
Fueron muy escasos los cargos públicos que desempeñó Acosta. Secretario de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central (1848), Titular de la Cátedra de Legislación Universal, Civil y Criminal y de Economía Política (1853). En 1872, fue designado Miembro de la Comisión Codificadora por el Gral. Antonio Guzmán Blanco (1829-1899).
Vivió, pues, apartado de compromisos burocráticos. Ganó con ello independencia de criterio y tiempo para estudiar y meditar. Tuvo la pobreza por compañera. En 1876, le escribe a su hermano Pablo: "Estoy muy pobre. No tengo para pagar esta carta para Ospino, que pondrás en la estafeta".
A la penuria económica hay que añadir las consecuencias de haberse enemistado, en sus últimos años, con Guzmán Blanco. Sólo escasos y fieles amigos se atrevían a visitarlo en su modesta vivienda. Pero entre sus ilustres contertulios se contaron José Martí y Lisandro Alvarado.
El viernes 8 de julio de 1881 falleció Cecilio Acosta. Su pobreza era tan rigurosa, que hubo necesidad de apelar a la caridad de sus amigos para costear los gastos de entierro. Moría en la indigencia quien había sido millonario en conocimientos útiles y en altos valores éticos.
Pocos días después de su muerte, el gran pensador y libertador cubano José Martí, quien por entonces residía en Caracas, publicó su hermosísima elegía en homenaje a Cecilio Acosta, y la inició con estas solemnes palabras:
Ya está hueca, y sin lumbre, aquella cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa; y mudos aquellos labios que hablaron lengua tan varonil y tan gallarda; y yerta, junto a la pared del ataúd, aquella mano que fue siempre sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal rebelde. Ha muerto un justo: Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres: se le dará gozo con serlo.
LA OBRA EN VERSO
Cecilio Acosta sólo escribe unos cuantos poemas, algunos ocasionales, para las páginas privadas del álbum. Se mueve entre el Neoclasicismo y el Romanticismo, con evidente predominio del primero de estos movimientos.
Ejemplo de la inclinación neoclásica de Acosta lo constituye su poema de mayor extensión, La mujer (s.f.), del que sólo se conoce un fragmento. Por las octavas reales de este canto desfilan arquetipos femeninos eternos: Eva, Helena, Lavinia, Andrómaca, todas ellas, demasiado marmóreas y convencionales, hijas de la erudición antes que de la inspiración.
Cuando se vuelve sobre su propia circunstancia, logra una poesía de auténtica tonalidad romántica. El véspero (1881), escrito el año de su muerte, es un "farewell", el poema de la despedida suprema. Como el astro de la tarde, Acosta vive su hora crepuscular. La serenidad del lucero brilla tranquila en el confín remoto, e inunda de paz el espíritu de quien se aproxima al reino de las sombras.
Alcanza su mayor vuelo poético cuando escribe sobre una vida campesina, idílica y abundante, en contraste con la dura, airada y pobre existencia a que lo ha llevado su destino de hombre honesto, predicador de verdades que dolían a los poderosos.
La casita blanca (1872). El tema principal de este poema surge tres veces, cuando menos, en la obra de Cecilio Acosta. Cada vez, impregnado de una tonalidad espiritual diferente.
En La casita blanca se aprecian los siguientes motivos: 1) Descripción idílica del paisaje rural donde está ubicada; 2) Una escena de cacería; 3) El acogedor ambiente hogareño que aguarda a los labriegos al caer la tarde; 4) Descripción arcádica de la abundancia, simbolizada por la blanca cuajada, el ordeño, la leche y el rubio grano; 5) Votos de paz, de abundancia y de amor.
Estas ideas poéticas aparecen dentro de la obra de Acosta, antes y después de La casita blanca a veces, como descripciones expresadas con las mismas palabras, si bien no con igual tonalidad. Todo ello revela que se trata de un tema recurrente, que parecía no abandonarlo. Donde primero irrumpen, como una nota alegre de las gratas diversiones campesinas, es en Cosas sabidas y cosas por saberse (1856). Ya para despedirse del amigo a quien dirige la extensa epístola, lo imagina disfrutando de la vida rural, así:
Tú -supongo yo- te desquitarás ahora con la historia de tu campo. En las diversiones de cacería perseguirás, ora en los espesos matorrales a la lapa, ora en las tendidas lomas al venado, de la una parte los compañeros de monte desparramados en la falda, de la otra, los manchados perros saltando entre alegres ladridos la quebrada; mientras en la casa, que se mira desde lejos, se alza lentamente sobre el techo el humo de la lumbre del almuerzo.
Por segunda vez, el tema idílico aparece en La casita blanca (1872), escrito para el álbum de una amiga, y concebido como un rosario de votos para la inspiradora del poema.
La tercera vez que Acosta reelabora el tema central de La casita blanca es en la carta en romance asonantado que dirige al humanista colombiano Miguel Antonio Caro (1874). Ya no tienen estos versos el tono alegre y votivo de otros tiempos. Acosta está muy pobre, y mal visto políticamente. La tonalidad que es ahora elegíaca, adquiere verdadera y trágica dimensión. Lo que Acosta le describe a Caro no son fantasías de poeta, ni votos para mujer amada: es el fantasma de la miseria económica, felizmente conjurado por el espíritu de la paz interior.
Cecilio Acosta no fue gran poeta. En su caso, como en el de Toro y González, existe superioridad notoria del prosista sobre el versificador, del hombre de pensamiento sobre el único. Está por estudiarse el valor literario de su prosa, así como su posible influencia sobre el estilo de José Martí, tenido como el iniciador de la prosa modernista, justamente con su necrología para Cecilio Acosta, escrita en Caracas.
EL PROSISTA
 
La prosa de Cecilio Acosta se caracteriza por una gran precisión en el uso del lenguaje. Esta precisión envuelve el empleo de un rico vocabulario, por una parte, y la ordenación sistemática de las ideas, por la otra. Hay, en todos sus escritos, como un dibujo nítido, despojado de elementos retóricas, que le permiten al lector captar rápidamente el contenido ideológico que Acosta desea trasmitir. Es, si se quiere, prosa pedagógica, hecha para enseñar, porque, bien visto, don Cecilio fue un maestro de pueblos, que utilizó el periódico como cátedra. De esta especie de prédica continua, y de su formación clásica -más que romántica- le llega a la prosa de Acosta esa serenidad y ordenamiento que revelan una inteligencia clara y un estilo hecho a la medida de lo que se quiere decir, matizado con frases sentenciosas, y construido a base de oraciones cortas que dan la impresión de un temperamento intelectual reflexivo. Cecilio Acosta es uno de los grandes prosistas venezolanos del siglo diecinueve. Uno de sus admiradores, y, en cierta medida, discípulos durante su breve paso por Caracas, llegaría a ser el primer prosista hispanoamericano de la pasada centuria. Su nombre, José Martí.
EDUCACION Y PROGRESO
En 1856, Acosta publicó uno de sus ensayos de mayor importancia, el más conocido por los lectores de nuestro tiempo. Lo tituló: Cosas sabidas y cosas por saberse, y lo escribió en forma de carta, dirigida a un amigo suyo, residente de algún lugar del campo venezolano. En este ensayo, dedica mayor espacio y profundidad de pensamiento a sus ideas pedagógicas, aplicadas a la realidad venezolana para evaluar en forma crítica el estado de atraso y la orientación equivocada de los estudios que por entonces se realizaban en la universidad.
¿Cuáles son, en materia educativa, estas cosas sabidas de que va a hablarnos don Cecilio, y cuáles son, particularmente, las cosas por saberse? Antes es indispensable recordar un acontecimiento que se produjo en aquel mismo año de 1856: la instalación en nuestro país del primer telégrafo, entre Caracas y La Guaira. Este paso de avance en las comunicaciones hizo saltar de gozo a Don Cecilio. Se dio cuenta cabal de un fenómeno que se ha hecho más ostensible en nuestra época: con la electricidad y el vapor, el hombre estaba comenzando a conquistara la velocidad, símbolo del progreso acelerado. Piénsese lo que significaba el vapor que movía los barcos no sujetos ya a los caprichos del viento; o que arrastraba locomotoras, capaces de transportar centenares de personas a una velocidad muchisimo mayor que la de los vehículos tirados por caballos. Piénsese en las imprentas de vapor, que podían moverse con una rapidez vertiginosa si se las comparaba con las primitivas prensas manuales. Y ahora, imaginemos lo que significa poder trasmitir por telégrafo una noticia en obra de minutos, cuando antes, esa misma noticia, transportada por vía terrestre, demoraba días o semanas en llegar a su destino. Todo esto conmueve a don Cecilio y lo pone a pensar que está asistiendo al nacimiento de una nueva era:
Sin duda ninguna, tal es el espíritu general de la época, y tal el rumbo que llevan ya las cosas. Entre nosotros, no obstante lo rústico de muchas de nuestras poblaciones, que están aún en estado primitivo, se nos ha metido de rondón el telégrafo, como por desbordamiento, de los lugares donde sobra, como un heraldo de nuevos destinos, como una trompeta que viene a dar la alarma de la civilización, como un ángel de luz, ávido de devorar espacios en todos partes.
Este "heraldo de nuevos destinos", esta "trompeta que viene a dar la alarma de la civilización" despierta la reflexión don Cecilio acerca de si es acertada o no la clase de enseñanza que se imparte en el país. Con un sentido tal vez excesivamente pragmático, él va a repetirnos a su manera cosas que ya son sabidas, pero va a anunciarnos otras que están por saberse.
1) Necesidad de instrucción elemental generalizada. Cada ser humano nace dotado por la naturaleza para vivir en sociedad. Es preciso desarrollar esas dotes básicas en cada quien, porque de la capacidad individual nace la capacidad colectiva. En consecuencia,
La enseñanza debe ir de abajo para arriba, y no al revés, como se usa entre nosotros, porque no llega a su fin, que es la difusión de las luces. La naturaleza, que sabe más que la sociedad, y que debe ser su guía, da a cada hombre, en general, las dotes que le habilitan para los menesteres sociales relacionados con su existencia; para ser padre de familias, ciudadano o industrial; y dé aquí, la necesidad de la instrucción elemental, que fecunda esas dotes, y la especie de milagro que se nota en su fomento.
2) Enseñanza universitaria para los mejor dotados. La enseñanza elemental debe ser generalizada, porque su misión es lograr que todos aprendan a leer y a escribir, para que nadie se quede al margen del progreso. La enseñanza superior, no tiene la misma finalidad. Las universidades parecen más bien propias para quienes nacen con dotes intelectuales de excepción:
el talento especulativo, las facultades sintéticas, el genio, es de muy pocos; el estadista, el mecánico trascendental, el poeta, el orador, el médico de combinaciones, el calculador que ve en los números las relaciones, el naturalista que sorprende en los hechos las leyes, se cuentan con los dedos...
Y una de dos como consecuencia de lo dicho: o las universidades deben ser sólo para los que tienen inteligencias extraordinarias, o deben convertirse en instituciones tan rigurosas y exigentes que sólo quienes son más capaces puedan graduarse en ellas. ¿Cómo era la universidad venezolana en tiempos de Acosta?
3) Enjuiciamiento de la universidad venezolana y de sus egresados.
Figúrate ahora, por contraposición, un cuerpo científico como el nuestro, puramente reglamentario, con más formalidades que substancia, con preguntas por único sistema, con respuestas por único ejercicio; un cuerpo en que las cátedras se proveen sólo por votos, sin conceder al público una partecita de criterio; en que se recibe el título, y no se deja en cambio nada; en que no quedan, con pocas y honrosas excepciones, trabajos científicos, como cosecha de las lucubraciones, y en que el tiempo mide, y el diploma caracteriza, ¿no te parece una fábrica, más bien que un gimnasio de académicos? Agrega ahora, que de ordinario se aprende lo que fue en lugar de lo que es; que el cuerpo va por un lado, y el mundo va por otro; que una universidad que no es el reflejo del progreso, es un cadáver que sólo se mueve por las andas; agrega, en fin, que las profesiones son sedentarias e improductivas, y tendrás el completo cuadro. El título no da clientela, la clientela misma, si la hay, es la lámpara del pobre, que sólo sirve para alumbrar la miseria de su cuarto; y de resultas, vienen a salir hombres inútiles para sí, inútiles para la sociedad, y que tal vez la trastornan por despecho o por hambre, o la arruinan, llevados de que les da necesidades y no recursos... ¡Qué de males! ¿Yo dije que se fabricaban académicos? Pues ahora sostengo que se fabrican desgraciados, y apelo a los mismos que lo son.
Lo mejor en esto es, que mi testimonio es imparcial. Et non ignarus mali, etc.; y así no se me podrá decir, que me meto a catedrático sin cátedra o a evangelista sin misión. Si yo no dogmatizo (contestaría); si yo no predico; si yo no hago otra cosa, respecto a mí, que quejarme; respecto a los demás, que señalar. Ahí está: véase el doctorado, ¿qué es?; véanse los doctores, ¿qué comen? Los que se atienen a su profesión, alcanzan, cuando alcanzan, escasa subsistencia; los que aspiran a mejor, recurren a otras artes o ejercicio; y nunca es el granero universitario el que les da pan de año y hartura de abundancia. En cuanto a mi personita, para libertarla de censura, si tal fuera preciso, harto sabes que yo cambiaría la pluma del jurisconsulto por el delantal del artesano, y que suspiro por el momento en que, dado a otro trabajo análogo a mi gusto, pueda reírme a carcajadas del buen Gregorio López, por bueno que sea, y de otros tan buenos como él, que han pretendido sustituir las citas a la lógica, el comentario a la ley, y la autoridad a la razón.
Hasta aquí Acosta nos ha dicho cosas sabidas. En adelante, su ensayo es una especie de profesión de fe en el porvenir, un continuo avizoramiento de los beneficios que aguardan al hombre del futuro. Son las cosas por saberse.
4) Futuro promisor del hombre.
Algún día, el día que esté completa, la historia se hallará no ser menos que el desarrollo de los deseos, de las necesidades y el pensamiento; y el libro que la contenga, el ser interior representado. Las usurpaciones de mando, los desafueros en el derecho, el Yo por el Nosotros, son dramas pasajeros, aunque sangrientos, vicisitudes que prueban la existencia de un combate, cuya victoria ha de declararse al fin por la fuente del poder, por la igualdad de la justicia, por la totalidad de la colección. De los tronos, unos han caído y otros ya caen, la guerra feroz huye, la esclavitud es mancha, la conquista no se conoce, casi desaparecen las fronteras, las naciones se abrazan en el Gabinete, los intereses se ajustan en los mercados, la autoridad va a menos, la razón a más; y multiplicados los recursos, y expeditos los órganos, se acerca el momento de paz y dicha para la gran familia de los hombres. El pueblo triunfa, el pueblo debe triunfar; pongo para ello por testigo, a la civilización, que le ha refrendado sus títulos, y a Dios, que se los dio. El respira, él siente, él quiere, y debe tener goces; él ha sufrido mucho, y debe alguna vez sentarse a la mesa. No tarde (me parece que asisto al espectáculo), se le verá en el mundo batiendo palmas, libre y señor, y conversando de silla a silla, de igual a igual, como en un mismo salón inundado de luz por el telégrafo y la imprenta.
En este mismo orden de ideas, y utilizando a cada paso la contraposición entre el pasado y el futuro, Acosta va trazando su pensamiento pedagógico, en un estilo que se caracteriza por la frase corta y sentenciosa:
Enséñese lo que se entienda, enséñese, lo que sea útil, enséñese a todos; y eso es todo.
¿Qué gana el que pasa años y años estudiando lo que después ha de olvidar, porque si es en el comercio no lo admiten, si es en las fábricas tampoco, sino quedarse como viejo rabino entre cristianos?
¿Hasta cuando se ha de preferir el Nebrija, que da hambre, a la cartilla de las artes, que da pan, y las abstracciones del colegio a las realidades del taller?
Acosta enjuicia lo anacrónico y empolvado de una enseñanza que él considera inútil, porque no responde a las necesidades de la época, y concluye sintetizando así su ideario educativo:
Descentralicemos la enseñanza, para que sea para todos; démosle otro rumbo, para que no conduzca a la miseria; quitémosle el orín y el formulario, para convertirla en flamante y popular; procuremos que sea racional, para que se entienda, y que sea útil para que se solicite. Los medios de ilustración no deben amontonarse como las nubes, para que estén en altas esferas, sino que deben bajar como la lluvia a humedecer todos los campos. No disputemos al sabio el privilegio de ahondar en las ocultas relaciones; pero después que éstas son principios, pongámoslos cuanto antes en contacto con las inteligencias, que son el campo que fecundan, y habremos logrado quitar a las ciencias el misterio que las hace inaccesibles. La verdad es colectiva, está hasta en el mozo de cordel; y se acortará el camino para hallarla, multiplicando sus elementos y sus órganos. Cuantos más ojos vean, más se ve, cuantas más cabezas piensen, más se piensa; y si del bien público nace a su vez el privado, cuanta más familia coopere, será más abundante la labor. Nada vale seguir lo que fue, sino ejecutar lo que conviene. Si es menester penas a los padres para que obliguen a los hijos a aprender, que haya penas; si el inglés y el francés son los idiomas de las artes e industrias, hagámoslos, en lo posibles, generales; si hubiere gastos, ningún gasto más santo que el que se reembolsa con usura. Los conocimientos, como la luz, esclarecen lo que abrazan; como ella, cuando no ilumina a distancia, es porque tienen estorbos por delante.
EL PENSADOR
El pensamiento político de Acosta ha sido calificado de conservador, y liberal. Es evidente, sin embargo, que no resulta fácil encasillarlo en una o en otra tendencia. Así se expresa en un artículo publicado en 1868:
Nunca hemos sido hombres de poder, pero sí somos hombres de doctrina. Formas representativas, efectividad de garantías, administración política que obre y que custodie, administración de justicia independiente, gobierno responsable, libertad de imprenta y de palabra, no escrita sino en acción, enseñanza para el pueblo tan extendida como el aire, instrucción científica, tan amplia cual puede ser, instrucción religiosa como alimento del alma y alma de las costumbres, libertad de sufragio, libertad de representación, libertad de asociación, publicidad de los actos oficiales, publicidad de las cuentas, camino para toda actitud, corona tejida para todo mérito; todo a fin de que haya industrias florecientes, paz y crédito interior, crédito fuera, funcionados probos, moral social, hábitos honestos, amor al trabajo, legisladores entendidos, leyes que se cumplan, y de que la virtud suba, el talento brille, la ineptitud se esconda, la ignorancia se estimule y se vea al cabo de esta obra armónica -que es la obra de Dios- una patria que no avergüence.
En estas ideas de Acosta se dan las características generales que Harold J. Laski ha señalado como propias del liberalismo europeo, y que, en resumen, son las siguientes: Noción de la libertad, confinamiento de la actividad gubernamental dentro del marco de los principios constitucionales, sistema adecuado de derechos fundamentales que el Estado no tenga la facultad de invadir; defensa de la propiedad privada; sistema de gobierno representativo; derecho a la libre asociación; desconfianza de todo intento de impedir, mediante la actividad del gobierno, el libre juego de las actividades individuales.
Pero si muchas facetas del pensamiento de Acosta son de inspiración liberal, otras responden a un ideario conservador.
Acosta cree con fervor que es posible alcanzar la equidad, la paz y el progreso sociales por un lento camino evolutivo, fundado en la educación popular y en el trabajo creador de todos. Este punto de vista lo lleva a rechazar el derecho a rebelión que asiste a los oprimidos, no porque estuviese de parte de los opresores, ni por el hecho en sí de la revolución, ni porque negase razón al esclavo que se vuelve contra el amo, sino porque creía honradamente que detrás de las víctimas del combate, estaban ocultos los sempiternas azuzadores, los que medraban en cada nueva revuelta armada, los que agitando consignas de bienestar popular, en el fondo defendían intereses mezquinos y personalistas. De esta posición suya existen abundantes testimonios, muy especialmente, en la polémica que mantuvo con Ildefonso Riera Aguinagalde.
En el primero de los artículos de esta polémica, Acosta expone todo un credo pacifista y evolutivo. Deja sentado que las guerras deben evitarse por multitud de razones, comunes a todos los tiempos y países. Estima que el gobierno nacido de un campo de batalla necesariamente ha de resultar personalista, puesto que se integra alrededor del caudillo triunfante y de su grupo.
En segundo término, Acosta establece diferencias entre las revoluciones europeas y las hispanoamericanas. En otros pueblos, dice, se produce la participación de los grandes intereses capitalistas, ubicados en ciudades populosas, representados por los bancos, las bolsas de comercio, los gremios ricos; pero una vez consumado el cambio de gobierno, los grandes intereses capitalistas vuelven a sus actividades normales de lucro y dejan que el gobierno los represente en libertad de acción.
No sucede lo mismo entre nosotros, pues la agitación revolucionaria recluta sus prosélitos en los medios rurales. Si la causa triunfa, hay que buscarles un cargo burocrático a aquellas gentes buenas y sencillas que la apoyaron, y cuando esto sucede, tenemos a individuos improvisados en el gobierno a los que, o hay que despedir disgustándoles, o hay que retener con el correspondiente gravamen para el erario público y la natural deficiencia en los servicios del Estado. Y así, afirma don Cecilio, o poder para todos, o revolución para los excluidos. ¿Cuál es, a la postre, el resultado de estas seudo-revoluciones? A don Cecilio no le da grima señalarlo. Su valerosa pluma no vacila en poner al desnudo los tejidos descompuestos del cuerpo social venezolano:
Funcionarios que no saben, administración que no ve claro, política que teme o que vacila, vocaciones frustradas, industrias desiertas, producción diminuta, parásitos chupones: y flotando arriba, como una amenaza, hombres en otro tiempo felices en el trabajo, que son después, aunque desgraciados, enemigos de él, porque, ya exánime, no les da medios para sus goces ni fomento para su lujo. Hay dos pueblos: uno que se afana para las contribuciones, encorvado bajo el peso del impuesto, otro que vive de él; uno que llora, otro que ríe; y entre tanto el desequilibrio reventando la máquina social, el descontento aflojando sus resortes, lucha sorda entre gobernantes y gobernados, y señalado tal vez un campo donde se libre la final, para cambiar papeles y representar de nuevo el mismo drama.
Muchas de las ideas políticas de Cecilio Acosta están superadas. El mismo reconoció que, siendo perfectible el mundo social, cada nueva generación tiene el derecho y el deber de superar a la precedente, y convertir en realidades lo que ayer fueron teorías. Pero lo que no pierde vigencia en el ideario de Acosta, es su honradez, su patriotismo acendrado y auténtico, su desinteresada consagración a la causa del bien público.

Natalicio de Ezequiel Zamora

Sábado, 1 de Febrero de 1817)
Natalicio de Ezequiel Zamora
Militar, dirigente popular y primer caudillo social del siglo XIX; líder del Partido Liberal, al lado de Juan Crisóstomo Falcón y Jefe del Movimiento Federalista.
Ezequiel Zamora nació en la población de Cúa, estado Miranda, el 1º de febrero de 1817. De él dice Gil Fortoul que «tuvo todas las cualidades buenas o malas del héroe popular: bravura, fanatismo partidario, constancia indomable, odio sincero o, como él mismo de decía, horror a la oligarquía».
Perteneció a una clase social conocida con el nombre de «blancos de orilla». Al trasladarse a Caracas continúa la escuela primaria al estilo de Lancaster.
Zamora se radica en la población aragüeña de Villa de Cura donde establece una tienda de víveres; allí desarrolla un prestigio de comerciante probo y respetuoso. Para ese momento en que el joven Ezequiel aún no ha frisado los 30 años, su relación con los comerciantes y el pueblo le permiten palpar el descontento social provocado por la crisis económica que ocasionó la guerra de la independencia y ante las propuestas del abanderado del liberalismo Antonio Leocadio Guzmán se une a él, convirtiéndose en el Jefe regional de los Liberales.
El 7 de septiembre de 1846 Zamora se alza en Guambra, utilizando las consignas: Tierra y hombres libres, Respeto al Campesino y Desaparición de los Godos, ganando la devoción popular y el nombre de «General del Pueblo Soberano».
El 20 de febrero de 1859 estalla en Coro la Guerra Federal con Juan Crisóstomo Falcón a la cabeza como supremo caudillo del movimiento. Zamora se une a Falcón a quien de inmediato lo nombra Jefe de Operaciones de Occidente. Como brazo ejecutor de la Guerra Federal desarrolla una gran actividad y gracias a su carisma logra organizar un ejército popular a favor de los federalistas. El 4 de junio de 1859 recibe el título oficial de «Valiente Ciudadano».
Tres meses dedicó Zamora a la organización de las tropas para lo que sería la batalla decisiva, como en efecto lo fue el 10 de diciembre de 1859, la famosa Batalla de Santa Inés, donde es derrotado el ejército centralista. Después de esta acción Zamora se dirige al centro del país y en el asalto a la ciudad de San Carlos, Estado Cojedes, el 10 de enero de 1860 muere el General Ezequiel Zamora, uno de los líderes de la Federación, durante la Guerra Federal. La bala que asesinó a Zamora no se supo nunca de dónde partió; algunos afirman que provino del bando enemigo; otros sostienen que fue de sus propios compañeros de armas.
Ezequiel Zamora nació en medio de las violentas luchas que contra España realizaban los libertadores de Venezuela; en la hondonada de Cúa, en los valles del Tuy Medio, en un pueblo apacible y tranquilo. Pasó los primeros años de su vida acudiendo a una escuela elemental donde aprende los rudimentos de la lectura y la escritura.
Si bien es cierto que perteneció a "los blancos de orilla", la posición de su familia no era del todo precaria, pues eran propietarios en medio de una situación económica que hacía depender la vida de la producción agrícola.
El haber aprendido a leer y escribir le valió mucho en un país donde el analfabetismo era un mal crónico en más del 90% de la población; con este instrumento pudo lograr nociones de ideas políticas y entender la doctrina del Partido Liberal, leer los periódicos y una que otra obra de Historia Universal donde se reflejaba la lucha de los pueblos por alcanzar la libertad.
Ezequiel Zamora se fue formando también en el campo de la vida real, adquiriendo la experiencia de la "universidad de todos los días". Cuando su madre Paula Correa se traslada a Caracas, Zamora trata de continuar sus estudios, pero la vida en la capital era distinta y tuvo que ayudar a su madre en labores que le produjeron el sustento. Así vemos cómo, desde muy joven va adquiriendo experiencia y configurando su noble y recia personalidad, para luego ponerla al servicio de una causa que a la larga será desvirtuada y hasta traicionará los postulados por los cuales luchó Zamora.
Los liberales no fueron sumisos a la posición del nuevo gobierno conservador encabezado por Julián Castro y de inmediato procedieron a planificar qué debían hacer para quitar del poder a los conservadores, y vemos cómo Ezequiel Zamora quien se había embarcado hacia Curazao, entra en contacto permanente y directo con los jefes del liberalismo, pero en mayor contacto con las gentes que se quedaron en el país, ellos le irán suministrando información y no descansará en su empeño de reiniciar la lucha contra los que ostentaban el poder porque no importa quién estuviera en él, qué pensamiento pusiera en práctica, cuál el carácter de la Constitución; lo importante era estar en el poder, era necesario buscar las formas de obtenerlo y Zamora que era hombre de "tareas a emprender", comprendió que su participación en el Gobierno sólo se lograba a través de la intervención armada, así que no tuvo que esperar mucho tiempo y pudo dirigir desde la isla de Curazao la insurrección que se produce en Coro el 20 de febrero de 1859.
Sin lugar a dudas, él era el gran jefe de esa insurrección, el que la planificó, y a través de los mensajeros marinos que constantemente comunicaban a La Vela con Willemstad, pudo controlar y dirigir la insurrección con un carácter bastante personalista, porque ninguno de los otros grandes jefes del liberalismo se percató del plan y la realización de la insurrección de Coro, ni siquiera su cuñado, el General Juan Crisóstomo Falcón, quien fungía de jefe de los liberales y se enfureció al saber que su cuñado había dirigido la sublevación de Coro sin haber tenido él participación alguna; no obstante, Zamora, que no era muy amigo de estar pidiéndole opinión a nadie para emprender una acción, llegaba a Coro el 22 de febrero y tomaba el mando del alzamiento.
El recibimiento a Zamora en Coro fue algo apoteósico, todo el pueblo se fue a la plaza a recibir al gran caudillo, al incansable ejecutor, al que conduciría la Guerra de la Federación. Ese pueblo, ese mismo pueblo oirá su voz encendida.
Bajo el mando del guerrillero que mejor podía conducirla se inicia la guerra de los cinco años. Guerra sangrienta y profunda donde las pasiones se desbordan por la boca de los fusiles y por el machete cola de gallo del llanero.
De esta gesta ninguno mejor para levantar un ejército miliciano que Zamora, pues él estaba en el alma del desierto y había calado en las hondas entrañas de nuestro pueblo. En él veían los rurales la expresión de lucha constante e incansable por la existencia. Con él lucharán y conducirán a la Federación por los caminos victoriosos.
De todas las guerras civiles que sufrió Venezuela en el siglo pasado, la más cruel y encarnizada fue la Guerra Federal o Guerra Larga, que se libró entre 1859 y 1863. Fue un conflicto armado que estalló como culminación de la lucha política que sostenían liberales y conservadores desde 1840. El primer estallido de este conflicto se produjo en 1846 cuando el gobierno conservador, ante el peligro de perder las elecciones de aquel año, desató una feroz represión contra los liberales, encarcelando a muchos de sus dirigentes, entre ellos al fundador, y líder del liberalismo,
Antonio Leocadio Guzmán. A causa de aquella política agresiva del gobierno se produjeron numerosos alzamientos, entre ellos los de Francisco Rangel y Ezequiel Zamora; pero fueron dominados por el gobierno. Rangel murió y Zamora, hecho prisionero, fue sentenciado a muerte. La sentencia no se cumplió, porque al igual que a Antonio Leocadio Guzmán, el Presidente José Tadeo Monagas le conmutó la pena por el destierro. Fue precisamente en estos meses de finales de 1846, cuando se produjo el cambio de orientación del gobierno de Monagas, quien rompió con los conservadores y se alió con los liberales, partido de oposición al gobierno conservador. Gracias al apoyo liberal y mediante la adopción de ciertas medidas importantes, como la derogación de la ley del 10 de abril, la abolición de la esclavitud, y otras, Monagas se mantuvo en el poder hasta marzo de 1858, cuando el golpe militar dirigido por Julián Castro lo derrocó del poder. Pero las masas liberales comenzaron de nuevo a alzarse, como en 1846; en todo el país se formaron guerrillas hasta constituir un movimiento general de lucha armada que tomó en sus manos la bandera de la federación y agitó las consignas proclamadas por el partido liberal: "Elección popular. Principio Alternativo. Horror a la oligarquía".
La Guerra Federal fue, pues, la lucha de las masas populares dirigidas por el partido liberal contra la oligarquía, que pretendía recuperar el poder que perdió el 24 de enero de 1848.
La Guerra Federal no fue un mero estallido militar, ni tampoco un episodio más de la lucha entre los caudillos. Por el contrario, este conflicto constituyó una verdadera conmoción popular, que convulsionó el país durante cinco años y dejó profunda huella en la vida nacional. Conviene pues, señalar las principales causas que provocaron la Guerra Federal:
1.-La pervivencia de problemas económicos y sociales que la República, después de treinta años de vida independiente, no había podido resolver. En primer término, el problema de la tierra. Unas pocas familias, descendientes de la antigua oligarquía criolla y unos cuantos caudillos salidos de la guerra de independencia, reunieron en sus manos inmensas propiedades y mantuvieron su dominio sobre los campesinos. El latifundio continuó extendiéndose como base de todo aquel sistema semifeudal, mediante la apropiación por los particulares de grandes extensiones de terreno baldío. La injusticia de este régimen de propiedad territorial en manos de un pequeño grupo de grandes terratenientes frente a una gran mayoría de campesinos desposeídos y explotados, influyó en las masas populares que se incorporaron en la lucha contra la oligarquía.
En segundo término, el problema de la esclavitud. La abolición decretada en 1854, empeoró la situación social, pues los 40.000 esclavos liberados, se encontraron sin tierras y sin ayuda para incorporarse activamente a la vida económica. Los ex-esclavos tuvieron que permanecer al servicio de sus antiguos amos, quienes fijaron los salarios y las condiciones de trabajo a su antojo. La situación de miseria de este sector de trabajadores, contribuyó también al descontento de las masas rurales que nutrieron las filas de la federación.
2.-La repercusión que tuvo en la vida económica del país, la crisis monetaria internacional de 1858. Esta crisis afectó directamente el comercio exterior de Venezuela por la baja en los precios de los frutos de importación; redujo los ingresos del fisco que provenían en su casi totalidad de los impuestos de aduana y fue causa de, la ruina de muchos hacendados.
"El precio del café bajó un 20%, el de los cueros un 70%, el de productos de la caña un 50%. A partir del año fiscal 1852-53, los presupuestos fueron deficitarios. Los sucesivos empréstitos negociados por el gobierno no lograron resolver la situación "y fueron muchos los terratenientes arruinados o en trance de arruinarse, que se sumaron sin vacilaciones a la causa liberal atribuyendo al desgobierno de los godos, el general desajuste."
3.-La influencia que tuvo en el pueblo la prédica de ideólogos que contribuyeron a despertar los anhelos y aspiraciones de las masas populares, orientándolas en su lucha por la igualdad, contra los propietarios y el régimen de tenencia de la tierra.
4.-La vuelta al poder de la oligarquía, a raíz de la caída de Monagas. Después de la revolución de marzo, los conservadores intentaron restablecer la hegemonía y el exclusivismo que ejercieron hasta 1846. Pero los liberales, que venían de diez años en el gobierno de los Monagas, contaban ahora con caudillos militares de influencia en las masas rurales y tenían enorme apoyo popular. Estos caudillos iniciaron levantamientos en todo el país contra los conservadores. La insurrección prendió en todas partes bajo la dirección de los caudillos, del liberalismo. La federación pasó a ser la consigna central del movimiento: "la federación es el gobierno de los libres". Y los Federales (o "feberales", como decía el pueblo), se lanzaron a la lucha para "sacar la patria de la salvaje y brutal dominación en que la tienen los oligarcas".
Entre estos caudillos liberales, el más famoso fue el general Zamora, quien se había incorporado a las filas del liberalismo, atraído por la propaganda que hacía Antonio Leocadio Guzmán, desde las páginas de "El Venezolano". A raíz de las elecciones de 1846 Zamora se alzó contra el gobierno de Monagas, cayó prisionero y fue a parar al destierro.
Después del 24 de enero de 1848, regresó al país y formó parte de los cuadros militares del gobierno de Monagas, aliado ahora con los liberales. Cuando Julián Castro, después de la Revolución de Marzo empezó a inclinarse a favor de la oligarquía, Zamora, Falcón, Antonio Leocadio Guzmán, Antonio Guzmán Blanco y otros federalistas, fueron expulsados del país y refugiados en la isla de San Thomas, en Las Antillas. En octubre de 1858, fundaron una "Junta Patriota" que proclamó la Federación. Cuatro meses después, en la madrugada del 20 de febrero de 1859, un grupo de jóvenes liberales se apoderaron de la ciudad de Coro y se pronunciaron en el mismo sentido. A los dos días desembarcó Zamora en las costas de Coro, y se puso al frente de las operaciones militares de los sublevados, iniciando así la Guerra Larga que duró hasta 1863.
El programa de la Federación tuvo un carácter predominantemente político y sus principios fundamentales están expuestos en el Manifiesto que Zamora dio a conocer al desembarcar en las costas de Coro.

Durante el primer año de la Guerra Federal, fue una guerra de movimientos y batallas decisivas. Bajo la dirección de Zamora, que fue el alma de la guerra en este primer período, los federales obtuvieron la brillante victoria de Santa Inés, cerca de Barinas, en donde las tropas del gobierno sufrieron grandes pérdidas en oficiales y soldados y se retiraron perseguidas por el caudillo liberal. Pero Zamora murió mientras sitiaba la ciudad de San Carlos, el 10 de enero de 1860; y desde entonces la guerra se transformó en un gran movimiento de guerrillas. Por todas partes insurgían movimientos armados contra el gobierno, en muchos casos sin conexión entre sí. Las operaciones militares de los federales quedaron bajo la dirección del General Juan Crisóstomo Falcón; pero estas operaciones carecían de sentido, "no parecían tener, por regla general, el propósito definido de llegar a la capital y acabar la guerra. Las tropas atacantes se retiraban de repente, efectuaban marchas y contramarchas, se movían ya en razones de necesidades estratégicas del momento (la proximidad de un enemigo superior), ya de consideraciones logísticas (la necesidad de abastecimientos), ya por simple capricho".
La Guerra Federal se extendió por todas partes; pero su teatro principal de operaciones fueron los llanos, el norte-centro y el oriente del país.
Tuvo un sentido localista, explicable por la estructura semifeudal de entonces.
PROGRAMA DE LA FEDERACION
(Del Manifiesto del 25 de Febrero de 1859)

Abolición de la pena de muerte.
Libertad absoluta de la prensa.
Libertad de tránsito, de asociación, de representación y de industrias.
Prohibición perpetua de la esclavitud.
Inviolabilidad del domicilio, exceptuando los casos de delitos comunes judicialmente comprobados.
Inviolabilidad de la correspondencia y de los escritos privados.
Libertad de cultos, conservando la soberana tuición que sea indispensable para garantizar esa misma libertad.
Inmunidad de la discusión oral en toda especie.
Inviolabilidad de la propiedad.
Derecho de residencia a voluntad del ciudadano.
Independencia absoluta del poder electoral.
Elección universal, directa y secreta, de Presidente de la República, de Vicepresidente, de todos los legisladores, de todos los magistrados del orden político y civil y de todos los jueces.
Creación de la milicia nacional armada.
Administración de justicia gratuita en lo secular.
Abolición de la prisión por deuda, como apremio.
Derecho de los venezolanos a la asistencia pública en los casos de invalidez o escasez general.
Libertad civil y política individual, consistente:1º en la igualdad de todos los ciudadanos ante la Ley; y 2º en la facultad de hacer sin obstáculo, licencia o venia, todo lo que la Ley no haya expresamente calificado de falta o delito. Seguridad individual: prohibición del arresto o prisión del hombre sino por causa criminal, precedida la evidencia de la comisión de un delito, y los indicios vehementes de la culpabilidad.
La aplicación en fin a nuestra patria de todas las demás instituciones felizmente descubiertas por la humanidad, y que la infancia del estado social o la ignorancia de nuestros conductores a la depravación o el criminal abandono han hecho imposibles hasta ahora.

La Fundación de Cumaná

(Viernes, 1 de Febrero de 1562)
El 1º de febrero de 1562 el fraile dominico Francisco de Montesinos funda la ciudad de Nueva Córdoba, a la orilla izquierda del río Cumaná. Este sería el primer centro urbano de la tierra firme oriental.
El nombre de Nueva Córdoba persistió hasta 1591, cuando pasa a llamarse Cumaná. Ni el establecimiento de misioneros, ni la fortaleza construida en Cumaná pueden tenerse como fundación de la que más tarde sería la ciudad de Cumaná.
Hoy esta hermosa ciudad es la capital del Estado Sucre, ubicada a la entrada del golfo de Cariaco y frente a la península de Araya y es la capital más oriental de Venezuela. Ha sido cuna de ilustres venezolanos como Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho; Andrés Eloy Blanco, etc.
OTRA FUNDACION DE BARCELONA
El 12 de febrero de 1638, Juan de Orpín, también conocido como Juan de Orpín, por su condición de catalán funda a orillas del Neverí, precisamente el día de su cumpleaños, la ciudad de Nueva Barcelona del Cerro Santo o Santa Eulalia de Barcelona, en homenaje a la capital de su provincia de Cataluña.
Orpín murió en la ciudad de Barcelona fundada por él, a los 53 años de edad, el 1 de julio de 1645. La ciudad de Nueva Barcelona del Cerro Santo, más tarde (1 de enero de 1671) es trasladada por Sancho Fernández de Angulo al sitio que ocupa actualmente, reduciendo su nombre al de Barcelona.
CUMANA

Ciudad portuaria en el nororiente de Venezuela, capital del estado de Sucre. Emplazada a 3 m de altitud en la costa del mar Caribe en la entrada del golfo de Cariaco, junto a la desembocadura del río Manzanares. Punto de encrucijada de carreteras que la comunican con el resto del país, cuenta también con aeropuerto. Posee una excelente bahía natural con instalaciones portuarias modernas e intensa actividad pesquera. Realiza actividades administrativas y es núcleo de la Universidad de Oriente (1958), además de desarrollar manufacturas conserveras pesqueras, procesadoras de café, tabaco y cacao, destilación de ron e industrias metalmecánicas y textiles. Se originó a partir de 1515 como misión franciscana, que fue destruida, por lo que en 1523 se construyó una fortaleza española para defender el sitio de filibusteros franceses e ingleses, que pasó luego por varias repoblaciones: Nueva Toledo (1521) y Nueva Córdoba (1562). Fue reconstruida en 1569 como ciudad de Cumaná. Los terremotos han asolado la ciudad en varias ocasiones, entre las que destacan los de 1766, 1797, 1853 y 1929. Población (según estimaciones para 1996), 257.456 habitantes.